—No se preocupe de eso de la gloria—murmuró Minia.—¿No dice que lo mejor del mundo es ser bueno? Dedíquese á ser muy bueno... siquiera mientras está malo.

—Sí—contestaba él, alzando el macilento rostro.—Voy á procurar que no me importe el arte ni ninguna de esas sublimes tonterías. Nada más que comer, digerir, dormir... ¡Qué programa bonito! Vivir como los demás hombres, y no como yo, que casi no me alimento sino de potingues... ¡La poción de Jaccoud! ¡Puaá! ¡Valiente porquería!


La Torre de Levante se había terminado, y con ella quedaba completo el vasto edificio del Pazo de Alborada. Cierta mañana apareció izado sobre el almena central un pino joven, entero, que á tal altura sólo parecía una rama frondosa. Era el xeste, signo del fin de la obra de cantería. Aquel ramo pedía un refresco para los trabajadores. Parecióle poco á la baronesa el habitual obsequio de aguardiente y pan, y dispuso un convite en forma. Obras como la de Alborada quieren repique.

Al aire libre, bajo las ventanas del cuarto que ocupaba Silvio, se dispuso la luenga mesa, y se colocaron los toscos bancos de madera, afianzando en el suelo sus pies con cuñas. La cocina activó sus hornillos, y borbotearon al fuego vastas cazuelas atestadas de arroz, carne, bacalao. El festín debía principiar cuando el trabajo terminase. Los obreros lo abandonaron una hora antes, para atusarse y vestir camisa limpia. Era su frac; la camisa como la nieve, sin planchar, oliendo á menta y lavanda.

Llegado el instante, no se precipitaron los obreros: entraron despacio, charlando, despachando cigarrillos, aguardando el aviso del mayordomo, la fórmula de acogida é invitación. Pensaban, sin embargo, en la comida, sobre todo por curiosidad de los guisos de señores. Aquellos trabajadores eran campesinos la mayor parte; picaban y sentaban en verano, regresaban á sus casas en Navidad á matar el puerco, engendrar los casados el chiquillo anual, y dejar las heredades labradas. El no despreciable salario se lo llevaban casi entero á las mujeres en un nudo de pañuelo, porque comían frugalísimamente y no practicaban vicios. Gente buena, honrada “con vergüenza en la cara”, como ellos decían. Mantenidos á brona, leche desnatada, pote de berzas, la idea del convite les divertía, pellizcándoles la embotada imaginación. Sin embargo, no querían atropellarse; esperaban, correctos y reservados, muy en su lugar.

Ni aun cuando el mayordomo les gruñó, lleno de cordialidad: “¡Vaya muchachos, al xeste, al xeste!”, se decidieron á correr, sino que emprendieron la marcha con lentitud, la propia pachorra con que entran á la labor diaria. Guardaban política y mesura. La vista de la mesa, tan cabal, con sus platos, su pan servido, sus servilletas, sus tazas para el vino, sus cubiertos, les impresionó. Solían ellos comer tumbados ó agazapados en tierra, sosteniendo el corrusco de pan con la izquierda y manejando con la derecha la navaja que pincha el compango de sardina. ¡Y ahora, aquella mesa servida como para caballeros!

Ya salía de la cocina, remangada, portadora del soperón humeante, la mayordoma; y los invitados aún no se habían atrevido á llegarse: manteníanse en pie. Fué necesario que les animase la misma baronesa:

—Á vuestro sitio, ea... á comer, que se enfría... Que luego se hace noche...

Fueron acomodándose, más respetuosos que diplomáticos, y también diplomáticamente atribuyeron el puesto de honor á quien le pertenecía: al maestro de la obra, cantero todavía mozo, pero más entendido que los restantes. El hortelano, invitado, y un asentador viejo, socarrón, decidor, obtuvieron lugares de preferencia. Los demás se colocaron al azar, sin desorden, poco á poco, y se miraban de soslayo á ver quién se atrevía á trasegar la primer cucharada del gorduroso pote de berzas con tajadas y costillas de cerdo.