En el patio de las Torres, según costumbre, hízose la lumbrarada también, más alta que todas, de leña más seca; una pira regular y monumental.

Hundido en su butaca, Silvio la consideró primero con ojeada indiferente y atónica, después con algo de goce infantil, cuando la llama, chisporroteando, se elevó, y brotó centellas volantes, charamuscas rápidas. Pero así que notó que iba apagándose, le asaltó la congoja.—Todo lo que se extinguía renovaba en su espíritu aquel pavor invencible, aquel frío de la nada. Fué preciso cebar la hoguera otra vez.

Su terror estallaba á cada instante. Un día el capellán, á pretexto de cortesía, de acompañarle, creyó poder entrar en su cuarto. La negra sotana le heló la sangre; la poca, lánguida sangre de las venas. No era la persona, era la ropa. Ni Minia ni su madre se atrevían á vestirse de negro.

—Ea, ¿qué le pasa? ¡no sea chiquillo!—repetía la baronesa.—¿No estamos aquí todos? ¿Á qué viene ese miedo? Si es un amigo, si no es ninguna visión. Tranquilizarse... ¿Un sorbito de leche? ¿No? ¿Y cómo quiere sanar, si no come?

¡Combate, agonía, tortura, la de aquel alma, incrustada en el vivir, como en la encía la raíz del diente nuevo! La vida, con su adhesividad de pulpo, con sus tentáculos recios, se agarraba; no quería soltar la presa. ¡Deseos, nostalgias, pena de lo incumplido, de lo fallido, de lo vano é irrisorio del destino; dolor de las flores no cogidas, de los aromas no respirados, de las glorias soñadas; agua que se derrama sobre el arenal antes de acercarla á la boca; rabia, calentura, disnea, fatiga, cansancio infinito, miserias orgánicas, la decadencia total!... Y, por momentos, otra vez Maia con su velo de oro, con su tul que las pedrerías rebordan.

—¿No sabe usted? Tengo apalabrado taller en París... Lo voy á decorar con telas salamanquinas, charras; algo original, porque allí eso no se conoce... Y me llevaré los muebles de Madrid, mi bargueño, la arquilla que Solar de Fierro me ha regalado. El taller de Madrid lo dejo resueltamente... ¿Para qué quiero gastar? En Madrid está agotado el filón. No: Francia, Inglaterra. Después, probablemente, los Estados Unidos. Pero ¡alto!... cuando ya haya pintado algo serio, ¿eh? algo de lo que me propongo. En el retrato voy á cambiar de sistema. Es hora de salir de cromitos... Y si no lo quieren así...

—No piense usted más que en la salud... Le hace daño formar planes—repetían las enfermeras.

—¡Vivir!—suspiraba él.—¡Sanar! ¡Correr por los sembrados!