Silvio tardó en responder. Parte, por dificultad de respiración, y parte, por incertidumbre ante la interrogación analítica.

—No he sabido nunca—pronunció al fin lentamente—si la quise, si me fué indiferente, si la detesté. De todo habría á ratos. No he sabido si me hizo bien ó mal. Era como la vida: que nos hiere, que nos despedaza, que nos burla, que nos hace infames á fuerza de desengaños y de mentiras, pero que... ¡es la vida, qué demonio! Y Espina, Espina Porcel, era acaso, en el fondo, más artista que yo. Despreciaba más lo vulgar; sí, lo despreciaba. Ha muerto de su exaltación artística, de su afán de vivir de un modo refinado y bello, de agotar el ideal. Ha muerto de no transigir con las sensaciones comunes y prosaicas. ¡Pobre, pobre María!

—Según eso, ¿la ha perdonado usted?

—Y qué, ¿voy á odiarla, ahora que es un puñado de podredumbre?

—Tiene usted la feliz instabilidad de los geniales...—advirtió Minia.—Pero no perdone por indiferentismo... Perdone por amor, por sumisión. ¡Rece por ella!

La campana de Monegro rompió á doblar. No era el Angelus. Una casualidad: doblaba á muerto por algún aldeano que había terminado su jornada, soltado el azadón y empezado el reposo. Como en la hermosa poesía de Longfellow, el alma respondía al toque de la campana. Silvio percibió una mortaja de sombra que le envolvía y lo envolvía todo. Era, quizás, efecto de la impresión repentina causada por la esquela mortuoria; era, quizás, que el obscuro presentimiento de su propia destrucción se concretaba al fin. Imposible es trazar línea divisoria entre ciertos estados de alma, fijar el momento en que á la confianza sustituye la sospecha, al respeto el menosprecio, á la esperanza, el desaliento absoluto; á la seguridad el terror. ¿Qué había sucedido para que aquellos toques, en una parroquial de aldea, en otro caso probablemente apreciados por el artista como efecto estético, suscitasen entonces en él la percepción trágica, honda, no de la muerte, sino de algo á que la muerte sirve de pórtico de mármol negro?... Y todo se transformó á sus ojos, adquiriendo la solemnidad que tiene para el reo la capilla donde ha de esperar su gran hora. En un instante la realidad se traspuso á la otra margen, que el agua del trozo de ría, llena de tinieblas, le representaba vivamente. No fué impresión heroica, sino de espanto; de espanto frío, letal. Los árboles, ya borrosos, le parecieron fantasmagóricos; la ría, lago siniestro donde rema el barquero implacable; la silueta de las Torres, temerosa, cual si fuese la de uno de esos edificios de la Edad Media, cuyas paredes ahogaron sollozos y cobijaron dramas; y el toldo de las acacias espléndidas, extendido como regio pabellón, un manto plomizo, del cual goteaba humedad de tumba. ¡Morir! ¡Morir también, como Espina, como la modernista radiante, la de inimitable existencia! ¡No ser, desaparecer, reunirse con la Porcel en la macabra alcoba de la tierra húmeda, ó entre el informe y caótico silencio de los cerrados nichos! Y el ataque nervioso vino, fulminante. Silvio gritó ó más bien aulló su pavor, su adhesión á los fantasmas de la realidad, su voluntad terca de no sumergirse en el océano sin orillas, de oleaje monótono y fatal, donde viene á parar todo...


Fueron días de prueba los que siguieron á aquél. El cerebro de Silvio, por momentos, se desorganizaba, y sólo lo visitaban las alucinaciones del miedo. No asomaba la resignación, ni aun el estoicismo con que la juventud suele mirar la muerte. ¡Morir ya!—balbucía.—Pero ¿no habrá quién me salve? ¿No habrá quién me tienda la mano?—Y por una de esas singulares anomalías patológicas, en el agudo ataque de pavura, el miedo á morir le hacía intentar arrojarse por la ventana, siempre abierta, para acabar de una vez.

Mientras él sufría como un réprobo, la Naturaleza desplegaba galas de fiesta nupcial. Había revoltosos enjambres de mariposas y avispas; en la playa arealense las olas se tendían acariciadoras, tibias ya; pintaban las cerezas, y en la noche de San Juan las hogueras, desde lejos, en la cima de los montes, recordaban el rito sagrado, la tradición adoniaca. Desde la terraza podía verse á chiquillos y mozas armar sus lumbraradas rituales, echar en ellas brazados de leña recogida en el monte, y saltar, riendo, por cima de la llama.