—Me da miedo—suspiró Silvio.—No comprendo cómo usted se rodea de estas imágenes recordadoras de los terrores de la muerte. Allí el arco sepulcral, que ya una vez... ¿se acuerda? ¡Y aquí, este Cristo que expira, y que lleva en la peana la lúgubre advocación del Dolor!
—¡De la muerte no hay que olvidarse nunca! ¡Es nuestra compañera fiel... y cuántas veces bienhechora!
Y él respondió, refractario:
—¡No me quiero morir, no señor, hasta que realice algo siquiera! Hasta entonces, vivir á tragos. Es preciso que yo sane. ¿Qué hacen esos doctores que no me curan? ¡Si yo supiese que el Cristo...!
—Su reino no es de este mundo...—sugirió Minia.
Regresaron de la sacristía por la sala, llena de embetunadas pinturas, lentamente, apoyado Silvio en su bastón, casi arrastrándose, apoyado después en el brazo rudo del hortelano. Dejóse caer en la butaca, para contemplar, según costumbre, la puesta del sol. Aquel día era imperial, esplendorosa. Se anunciaban calor y tormenta, y el sol se reclinaba en cúmulos de púrpura, inflamados, acuchillados por toques violentos de plombagina, y esclarecidos con luces de erupción volcánica, focos que parecen delatar el flamígero lengüeteo de la llama que sube. Era de esos ocasos extraños, amenazadores, en que el cielo semeja indignado, y que el pincel no puede reproducir á no caer en amaneramiento. Silvio se complacía en él con el interés que despiertan en el campo los aspectos de la Naturaleza, y con la impresión de grandiosidad que en su alma de inspirado adquirían fácilmente las cosas. El soberano espectáculo le hacía olvidar por sorpresa sus dolores; le sustraía momentáneamente á la enfermedad. Los rubíes vivísimos, flúidos, movibles, lisonjeaban su sentido de colorista.—Y, de pronto, en aquellas nubes ígneas y caprichosas, entre el incendio del cielo, la fantasía le dibujó una forma, destacándose entre las restantes. Era la de una alimaña, mezcla de dragón y serpiente, cuyo dorso se dentellaba en agudos picos, cuyas fosas nasales espurriaban fuego, cuya cola, de retorcidos anillos, se tendía azotando el aire y rompiendo las otras nubes á su latigazo triunfal. La apariencia reinó algunos instantes; pero cuando Silvio quiso enseñársela á Minia, ya se desvanecía su colosal figura, ya su brasero se apagaba...
Traído de Marineda, llegó entonces el correo.—Quiso la baronesa sustraer una esquela de defunción, que timbraba sello extranjero. Silvio le había echado mano y la abría; y su faz, un momento animada por la contemplación de un cuadro, se descomponía rápidamente...
Era la esquela mortuoria de doña María de la Espina Porcel de Dión, fallecida en Niza, “Villa Plaisirs”, según participaba interminable cáfila de parientes, rogando que se la concediesen oraciones. El artista dejó caer la cabeza sobre el pecho; la esquela rodó al polvo.—Los pájaros no cantaban en las acacias corpulentas.
—¿La quiso usted mucho?—preguntaba Minia al notar el terrible efecto de la nueva que contenía y certificaba aquel papel satinado, con estrechísima orla negra, encabezado por una cruz, atestado de nombres propios.