—No lo dudo... Pero al mismo tiempo...—La mirada de Minia se fijó de nuevo en la pared; buscó las fotografías, las semidesnudeces, las sonrisas artificiosas,—el que entrase aquí creería... ¡Si Moragas ha visto todo eso!
Silvio, otra vez abismado en su almohada, hizo un gesto de indiferencia suprema.
—¡Bah! He puesto eso ahí como podría poner un niño un pliego de aleluyas...
—Pues desdicen esas fotografías de la dignidad, de la nitidez de una alcoba de enfermo, Silvio... Ya sabe usted que soy franca.
—Quítelas; haga lo que considere oportuno.
Minia recogió los retratos, y por un refinamiento de delicadeza, no quiso guardarlos ni en la maleta ni en los cajones. Los archivó fuera, en un mueble. No se escandalizaba, ni creía que tales retratos fuesen reprobables, si allí no estuviese un hombre sentenciado. El cuarto era capilla. Y, al mirar las paredes blancas de cal, desnudas, pensó que todavía no era tiempo de traer allí á la Madre, á la que los ángeles rodean y las estrellas coronan; á la que tiende su mano, húmeda de lágrimas y oliente á incienso, á los moribundos. Ya llegaría la ocasión...—Por ahora bastaba un violetero, un cuadrito, un jarrón con rosas blancas. El cuarto perdería su aspecto bohemio, y se purificaría por la hermosura de esas rosas que apenas dan olor.
El camino tenía que ser insinuar el respeto á la enfermedad. No se le podría decir á Silvio que se acercaba la gran Acreedora... pero sí cercarle de lo que inclina á pensar en ella sin sorpresa, sin incredulidad, sin escepticismo.
Él experimentaba, no obstante, repulsión á cuanto podía traerle un pensamiento ascético. Su fantasía, repleta de formas sensibles, se apegaba á apariencias, á los ruidos, á los fenómenos de la vida terrestre.
Á pretexto de que “podía inspirar un boceto ó un cuadro”, llevó Minia á Silvio á la sacristía de la capilla de Alborada, donde, sobre la cajonería severa, lisa y sin adornos, bajo un dosel de terciopelo granate franjeado de oro, se alza la efigie del Cristo del Dolor. Visten al Cristo unas enagüillas de raso violeta y lentejuela, y la larga cabellera obscura, como enmarañada por sudores de agonía, que vela su faz desencajada y los cárdenos labios, la sujeta una corona tejida de ramas de espinos del monte, que rodea su frente salpicada de gotas denegridas de sangre. La palidez del Divino Rostro se acentúa en ellas, y son aterradoras las melenas al descender sobre el pecho de saliente costillaje, hasta el costado abierto por la lanza. Es la imagen del más ardiente romanticismo; trágica, sugestiva.—Dos cirios la alumbraban, y su luz incierta, amarilla como un diamante brasileño, deteniéndose un punto en el Rostro, le prestaba apariencia sobrenatural. Silvio se detuvo impresionado.
—¿Verdad que es hermoso?