—Imposible... No acierto á trazar dos renglones. No es el pensamiento, es la mano... ¡Ni pintar, ni aun escribir!
Y al cabo de un instante, buscando el engaño de la fantasía:
—Es la debilidad. No es otra cosa. Así que me fortalezca un poco...
—Entretanto—dijo Minia—¿por qué no olvida usted enteramente este aspecto de su vida? No hay nada que descanse, que fortalezca, Silvio, como olvidar. Nuestro sentir es una especie de mosaico, que no debemos mirar obstinadamente en sus pedazos de piedras de colores, sino en su conjunto. ¿Le importan á usted las monísimas corresponsales?
—No las tengo ningún cariño... Al contrario... Ya sabe usted mi modo de ser... pero se me figura que no nos apegamos á la vida por lo que nos infunde cariño, sino por lo que nos causa irritación, picor de vanidad... ¡Minia! ¡Qué hermoso será vivir, cuando me cure y vuelva allá, á realizar mi ensueño de siempre!
Minia callaba.
—¿Cree usted que tardaré mucho tiempo en curarme? ¡Usted no tiene fe en que yo sane antes del invierno!
—¡Quién sabe, Silvio!—articuló ella.—Las enfermedades vienen pronto y se van tarde... Escúcheme... La enfermedad tiene algo de serio, algo de augusto, algo que nos familiariza con lo inmortal que existe en nosotros... ¿No piensa usted así? Un enfermo es un hombre que momentáneamente renuncia á vanidades, concupiscencias, flaquezas... La existencia de un enfermo es necesariamente moral, necesariamente pura...
—Sin duda mi enfermedad es más antigua de lo que creí—respondió él;—porque hace meses me conduzco como un santo... relativo. Al Doctor Moragas se lo he dicho, y se hizo cruces. Él creía que, estragado por los vicios de París... Y á mí lo que me ha consumido, lo que me tiene tan débil, es... mis sueños... ¡mis sueños, Minia! ¡Eso me ha emponzoñado las venas! ¡Eso es lo que me devora!