Llegaba tarde la advertencia. Silvio acababa de aletargarse dulcemente, aturdido por el bienestar.
Al día siguiente estuvo animado, fué por su pie al jardín, tomó leche con gusto (leche de engaño, en la cual la baronesa deslizaba la yema de un huevo, afirmando que la vaca daba una leche amarilla, de un color raro, pero sabrosa, muy sabrosa...) Y la idea de la muerte, si es que un instante había rozado con ala de murciélago su imaginación, desapareció como desaparecen, en cuanto el sol alumbra, los bichos nocturnos y las mariposas atropos, que llevan una calavera en el corselete...
—Es el problema que tenemos aquí—decía Minia en conversación con el antiguo capellán de la casa, bajo los castaños del soto, en la revuelta donde no podían llegar sus palabras á los oídos de nadie.—¡Es un problema bien extraño! Cuando más avanza la muerte, menos cree en ella, menos siente la presencia de esa definitiva realidad.
—No me sorprende—confirmaba el sacerdote—lo que usted dice... En mi ejercicio de auxiliar moribundos he visto que, aunque estén con el estertor, muchos no creen llegado su término... Y en esta enfermedad, lo que es en ésta... ¡nunca!
—Decírselo... ¡No hay fuerzas para decir una cosa así! Y por otra parte... yo no sé lo que piensa, yo no he calado su alma. Es probable que esté petrificado en indiferencia absoluta; quizás no cabe en él más que su Quimera... ¡Si es así, y se entera de su condena á muerte, y ve que se va sin realizar lo soñado, se entregará á la desesperación en vez de aceptar el consuelo de las horas supremas!
—Explórele usted—murmuró el sacerdote, que había venido desde Marineda con tal fin.—Explórele; usted le conoce mejor... Yo no acierto... Estos artistas ¡son tan diferentes de todo el mundo! Persuádale.
—¡Persuadirle!—repitió la compositora.—Me fiaría más en un arranque de sentimiento...
Entró de mañana en el cuarto del enfermo. Este no se había levantado aún. Medio incorporado en la cama, intentaba escribir, sirviéndole de pupitre un elegante portfolio de marroquí inglés, con cantoneras de plata—regalo de Lina Moros.—Sobre la cama, andaban esparcidas diez ó doce cartas, cuyo perfume revelaba la procedencia femenina. Algunas lucían escuditos heráldicos en oro, plata y colores; otras mostraban, sobre el papel satinado gris, un círculo en que se encontraba inscrito el nombre en elegantes caracteres. Las formas del papel eran originales, y aquella correspondencia daba sensación de vida exquisita, de plena high life. Era la clientela de Silvio, sus amigas momentáneas, las de la sonrisa zalamera, las del galanteo ocasional y el repentino capricho, las que se encanallaban un día, por variar, hartas de lo monótono del amorío sin idealidad con los hombres de caballo y club. Y Minia, frente á sí, en la pared, vió agrupadas, con la peculiar gracia de Silvio, con su coquetería de arte, fotografías de las corresponsales, en trajes de elegancia rebuscada y efectista, escotadas, haciendo resaltar las bellezas de su cuerpo, en la actitud y con la sonrisa que más favorece.
Á ellas es á quienes Silvio quería responder, asiéndose á aquel interés frívolo, bastardo, como á forma palpitante y ardiente de la vida que le abandonaba... Las otras, las protectoras buenas y serias, la Condesa de la Palma, la Pirineos, se habían informado de su salud preguntando extrajudicialmente á la baronesa y á Minia. Éstas, las guerrilleras de vanidad y amor, acaso ni sabrían que sus cartas iban á caer en un lecho mortuorio.
Silvio empezó á hacer garrapatos; su mano temblaba; la letra era ininteligible... Sudor penoso trasmanaba de su sien. Agachó la cabeza, suspirando, soltó la pluma, y exclamó lleno de desconsuelo: