—Calentar una manta... Espíritu de vino... Ron... Coñac. El calentador...

Toda la casa se había puesto en pie, con la alarma. Pilara reavivaba el fuego, sacaba brasas para el calentador; el sirviente empapaba en alcohol franelas, y friccionaba el cuerpo flaco, devorado por la calentura.

Silvio volvió á suspirar:

—Tengo frío... Tengo frío...

Fuera, la noche era espléndida, estrellada. Llegaba el verano con sus caricias y sus vitales soplos. La ventana, por orden expresa del médico, debía permanecer abierta siempre. Pero la baronesa la cerró, bajo la impresión de aquella queja, y dispuso calentar por dentro á toda costa.

Á los labios del moribundo acercó una cucharada de coñac. Al principio, Silvio apretaba los dientes y resistía; pero la baronesa le entreabrió la boca con el rabo de la cuchara, y deslizó el líquido. Según iba cayendo, oloroso y fuerte, y por las venas entraba su virtud, el agonizante resucitaba, sus ojos se entreabrían, mirando á la baronesa con transporte.

—¡Dios mío!—murmuraba.—¡Qué congoja he pasado! ¡Qué frialdad tan horrible! ¡Qué bueno es tener calor! ¡Qué bueno es tener quien le quiera á uno!

Y con efusión de reconocimiento, repitió extendiendo las manos:

—Sólo los buenos, sólo los buenos... Denme la bondad, el abrigo... ¡Me siento tan bien! Me ha salvado usted, baronesa. ¡Qué trabajo la doy! ¡Qué trabajo á todos los de esta casa!

—Déjese de eso, y duerma... Á ver si concilia el sueño un poquito...