—¡Me han repugnado!—repetía Silvio con infinito desconsuelo.—¡Se acabó! ¡Me han repugnado definitivamente! ¡Mejor comería cualquier asco! ¡Repugnado, repugnado los huevos!

La baronesa también sentía la amargura profunda de aquel vulgarísimo y tremendo accidente. ¡Lo más nutritivo, lo que se asimila mejor! ¡Desgracia grande! Y ¿qué darle ahora? ¿qué discurrirle? ¡Perdido ya el estómago! ¿Cómo defender la plaza? Era la derrota.

Y se empeñó la lucha con lo imposible... La enfermedad se cebaba en su presa, triunfaba. Los síntomas eran á cada paso más varios y crueles. Aflicciones nerviosas, síncopes, desfallecimientos, dolores de huesos, molimiento infinito... Una noche, á las altas horas, la baronesa, que había trasladado su dormitorio para debajo del del enfermo, á fin de vigilar la asistencia, oyó la voz del criado de guardia, que la llamaba con apuro.

—El señorito Lago... El señorito Lago...

La señora saltó de la cama, se envolvió atropelladamente en una bata, corrió... Silvio parecía agonizar. Sobre la almohada blanca, su faz era de tierra amasada con yeso, sus ojos se retraían, su nariz se afilaba, su boca se llenaba de sombra lívida. Mil veces había pensado la baronesa en la llegada de aquel instante; empero, sintióse aterrada, como ante un caso imprevisto. Se precipitó á sostener la cabeza del artista, inerte.

—¡Silvio!—repetía.—¿Qué es esto? ¿Qué tiene usted?

Débilmente, en un soplo, Silvio pronunció:

—Mucho frío... Me hielo...

La baronesa, rehecha ya, empezó á dictar órdenes.