—¡Pues si ese es mi delito, señora! ¡Mi delito! Usted de seguro comprende... Yo hermoseo á cuantas pinto: á usted, proporcionalmente, no la favorezco casi. Se me figura que así la respeto más. ¡La doy á usted toda su edad, su corpulencia,—y su misma expresión, la misma! Suavizo un poco las líneas.
—¡Falta hace!—interrumpió Minia festivamente.—No sé qué alfarero me amasaría la cara; escultor no pudo ser.
—¡Bah! ¡Las líneas!—continuó Silvio.—Corregir líneas, corregir tonos del cutis, hacer de lo ajado lo suavemente pálido y de las remolachas rosas... eso, cualquiera sabe. Más difícil es infundir un alma en caras que no la tienen. El intríngulis es meter esa belleza del ensueño y del pensamiento en fisonomías de modelos que están rabiando porque el vestido sienta mal ó porque el corsé aprieta. ¿Verdad que los retratos siempre parece que nos cuentan algo, algo muy melancólico y digno ó muy amoroso? En cien casos, es que el retratista presta al modelo el espíritu de que carece.
—Según—respondió Minia, interesada por la teoría.—Hay pintores muy realistas, por ejemplo, don Vicente López, y un flamenco antiguo, Franz Hals, que retratan la naturaleza animal y la expresión vulgar... ¡Y hacen prodigios... vaya!
Silvio, pensativo, se limpiaba los dedos con el pañuelo. Sus labios palpitaron al nombre de los dos pintores.
—¡También lo haría yo! Es decir, ¡qué disparate de vanidad! ¡No se ría usted de mí...; también yo probaría á hacerlo! Eso es lo bueno, lo bueno: la verdad, sin trampas ni artificios. ¡Dichosos los que no necesitan falsificar nada! Á veces, señora...
—Mis amigos me llaman Minia—advirtió ella benignamente, apiadada por lo que ya iba adivinando.
—Mil gracias... Decía que á veces leo en los periódicos que echan el guante á un monedero falso, y me asombro de que no prendan á los infelices que sofisticamos lo más sagrado, el arte. ¡Envidiable suerte la de usted! Contra la corriente de los convencionalismos; desdeñando ataques y groserías, escribió usted sus famosas Sinfonías campestres, empapándose en el sentimiento aldeano: en la realidad. Así han llegado á todas partes, por la verdad que contienen. En Buenos Aires las oí tocar, las vi aplaudidas. Como la necesito á usted, no digo más: creería que soy un adulador...
Los ojos de Minia, pequeños, durmientes, se llenaron un momento de infinito.