—¿Allí las oyó usted?
—Todas... Y me conmovían mucho. Usted y yo hemos nacido en el mismo pueblo, en Marineda. Mientras no salí de él... experimentaba hacia usted hostilidad. No sé por qué; sería porque hablaban de usted continuamente... y yo era un niño, y á esa edad no sobra la benevolencia. ¡Al contrario!—Después, cuando me vi tan lejos... la nombraban á usted, ó á cualquier persona ó cosa de la tierra... y me entraba alegría.
—¿Quiere descansar un momento? Me va usted á contar eso; su vocación, sus viajes.
—No, señora—negó él en seco.—Perdone... Primero he de poner el retrato á cierta altura.
—Como guste; usted es quien ha de dispensar—respondió Minia en tono de cortés indiferencia.
—¡No adopte expresión enojada! La de antes, la de antes—suplicó Silvio, contrito, apurado como si le acaeciese la mayor desventura.
—De eso sí que no respondo... ¿Quién se acuerda de lo que producía esa expresión? Intentaré pensar en lo mismo que pensaba...
Volvió á descansar la mirada en el paisaje; quiso perderse, confundirse, diluir su personalidad en las lejanías color amatista de los montes que formando anfiteatro lo cercaban. No pudo: el conocido murmurio de notas, la efervescencia musical, era invencible. Hubiese deseado estar sentada ante el piano, traduciendo todo lo que—con la vaguedad del boceto al pastel en que se afaenaba Silvio—hervía dentro de su cerebro fácilmente excitable. Como la ola tras la ola, y aun del modo continuo y presuroso que cae el surtidor en el tazón, los elementos de un poema sinfónico apuntaban y se desvanecían.
—¡La expresión de antes!—pensaba para sí.—Si éste es artista, si posee sensibilidad, no ignorará que no nos bañamos dos veces en la misma agua, ni se reproduce el mismo minuto de nuestra vida.
Silvio, entretanto, voluntariosamente, trabajaba; tenía, en efecto, la mano ligera, la afluencia del toque, la justeza rápida de la entonación; el parecido con el modelo se establecía desde el primer instante, y de sus yemas febriles, ágiles, embadurnadas, salían al papel matices deliciosos, medias tintas de una armonía suave, comparable á la de los celajes cuando amanece, claridad ligeramente velada de niebla perlina. Su colorido encarnaba, pero encarnaba por un estilo inmaterial. Aquel pastel, que reproducía una cabeza de mujer, ni joven ni hermosa, un rostro enérgico, lleno de imperfecciones, era, sin embargo, elegante á la moderna, exquisitamente elegante, por la manera de estar puesto, y tenía lo blando y fino del natural idealizado.