Una serie de exclamaciones admirativas de la baronesa de Dumbría, que acababa de entrar, hizo levantarse á Minia. Se situó ante el caballete. El pastelista interrumpió su tarea: esperaba ansioso. La compositora, echándose atrás, dijo solamente:
—Bien, bien. No tema usted que le diga “¡qué bonito!” Los planos de la cara son esos: la simplicidad del conjunto me agrada.
Y volvió á posar, arreglándose las gasas medio descompuestas.
Ya no estaban en la sala baja de la torre, de anticuado mobiliario, de paredes cubiertas por bituminosas pinturas. Era en la terraza, bajo la bóveda de ramaje de las enormes acacias, de las cuales, no con violencia de remolino, sino con una calma fantástica, nevaban sin cesar miles de hojitas diminutas, amarillo cromo. Bajo la alfombra de la menuda hojarasca que moría envuelta en regio manto áureo, desaparecía el enarenado del suelo completamente. Los sillones de mimbre que ocupaban Minia y Silvio se adosaban á la baranda de hierro enramada de viña virgen, sombríamente purpúrea; Taikun, echado en la postura de las liebres, insólita en los canes, atrás las dos patas saliendo de enormes bombachos de pelambre fosca y fulva, levantaba de tiempo en tiempo su cabeza de alimaña de pesadilla, y mosqueaba el plumero de su cola.
—Tiene usted que perdonarme—decía Silvio—aquella negativa exabrupto. No quería adelantar nada, mientras usted no se convenciese de que no soy enteramente un desgraciado sin pizca de disposición. ¿Qué podrían interesar á usted las ambiciones y las ansias de esos míseros que no poseen elementos para llevarlas á la realidad? Y usted me creyó uno de ellos.
—Así es—respondió Minia lealmente, dejando sobre la mesa de piedra el libro.
—Lo comprendí. Yo soy muy listo: nada se me escapa. ¡Ay, lo que pensará de mi presunción! Pero no importa, es cierto. Ejercito una especie de adivinación de los pensamientos y las intenciones. Conozco á los demás acaso mejor que me conozco, y de una palabra ó un gesto deduzco... ¡Asusta lo que deduzco!—Usted quería darme despachaderas, y si no es por la baronesa...
—No extrañe usted mi recelo. Siempre un retrato...