—Sí; entendido... En fin, gracias á Dios, no está usted quejosa del suyo.

—Al contrario. Contentísima.

—Me atreveré entonces... Echaré mi memorial... Deseo que ese retrato se lo lleve usted á Madrid y lo vean sus relaciones; quizás alguien me encargue alguno, y modestamente pueda sostenerme allí, estudiando. No tengo otra esperanza en el momento presente.

Minia reflexionó antes de contestar:

—Mi madre conoció á su padre de usted, y conoce á su tutor. Por ella supe... Temprano fué usted huérfano. ¿No le quedaron medios de fortuna?

—Pocos... Hoy casi nada. No me importa. Mi problema no es de dinero. Es decir, necesito el preciso para vivir y trabajar: no busco la riqueza por la riqueza. Aunque tengo mil caprichos refinados, me falta la casilla de la codicia. Se reiría usted si supiese cómo administro. ¿Bohemio? No; no es la nota bohemia. Es que no encuentro ningún goce en el dinero guardado. ¡Guardar! ¡Qué estupidez! Para cuatro días que se vive... Lo que me resta de la escasa hacienda de mis padres, que será una miseria y rentará unas perras, lo liquidaré á escape...

—¿Le atrajo á usted el arte desde niño? ¡Porque es usted bien joven...!

—Veintitrés...—pronunció Silvio.

Minia le consideró. Era todavía más juvenil que de veintitrés la cara oval y algo consumida, entre el marco del pelo sedoso, desordenado con encanto y salpicado en aquel punto de hojitas de acacia. El perfil sorprendía por cierta semejanza con el de Van Dick... Se lo habían dicho, y él se recreaba alzando las guías del bigote para vandikearse más.