—Á los ocho años pedía por favor que me permitiesen ver dibujar. Á los catorce marché solo y sin amparo á Buenos Aires, porque mi tutor había resuelto que yo siguiese la carrera militar; decía que pintar es oficio de holgazanes. En Buenos Aires... ¡qué lucha! ¿Se lo cuento á usted todo? Sí, sí; con usted, desde el primer momento, he deseado la confesión. Se me agotaron los recursos. Tuve hambre. Trabajé de peón de albañil, sirviendo cal y yeso para ganar una tajada de tasajo. Desde entonces tengo el estómago endeble; el día que digiero bien estoy de excelente humor. Lo malo no es haberse estropeado el estómago... Es que vi la vida tan en crudo, en feo y en duro, que se me despellejó el corazón y crió callo. ¿Se da usted cuenta?... Después embadurné frisos, escocias... decoré... tonterías: pabellones, tocadores galantes... Últimamente ya me las arreglaba mejor, gracias á los retratos y á alguna tablita. ¡Volver á Europa! ¡Dibujar mucho! ¡Oler lo que se guisa en tres ó cuatro talleres de París y de Londres!

—¿Y quién le ha amaestrado en el pastel?

—¡Bah! Nadie. ¡El pastel! ¡gran cosa! Dedos, dedos,—y mucha triquiñuela y mucha picardigüela en el pulpejo; eso sí... Mejor que nadie conozco yo que todo cuanto hago no vale un pepino. Agradable, agradable, bonito, bonito... ¡Bonito! ¡Peste! Ansío subyugar, herir, escandalizar, dar horror, marcar zarpazo de león, aunque sólo sea una vez.

Minia meditaba,—una meditación palpitante.

—¿De modo que vocación, no profesión?

—¡Vocación... ó delirio! una cosa que parece enfermedad. Me posee, me obsesiona.

—¿Y... finalidad?—Interrogaba precavidamente, con tactación médica.

—¿Finalidad? Ninguna. ¡Por hacerlo!—afirmó Silvio, cuyos ojos color de humo claro relucieron con reflejos de acero desnudo.—Creo que ni por la gloria, es decir, lo que así se llama. ¡Por la dicha de hacerlo! Hágalo yo, y venga luego... lo que venga. Todo lo demás... ¡pch! ¡Ser alguien! ¡Ser fuerte, ser fuerte!

Y las lindas facciones se crispaban, y el rubio ceño se fruncía de un modo violento, casi torvo. La compositora guardaba silencio, el silencio de las cuerdas del arpa que aún retiemblan sin sonar.