—Malo, malo—dijo por último.—El caso está bien caracterizado. Todos los síntomas. Espero, en interés de usted, que rebaje la calentura.
—¡La padezco desde que nací, acaso! Si no es para eso, no tengo interés en existir. No crea usted: á ratos... se me quita la fe. Ayer mañana, por ejemplo, al venir de Brigos, me detuve en Areal. Tengo allí un pariente, hijo de una hermana de mi madre, panadero... Yo venía desfallecido; me dió caldo, pifón y sardinas, y vi á su mujer y su patulea de criaturas. Se quejan de la suerte, de escasez, pero están sanos y son dichosos á su manera. Envidié esa manera.
—Tenía usted razón en envidiarla—afirmó lentamente Minia.—Sólo que es un sentimiento inútil. La envidia no nos aproxima una pulgada á lo envidiado.
—Ni yo me aproximaría. Son fantasías, mandolinatas pastoriles. Cada cual ha de vivir su destino; el suyo, nunca el ajeno—declaró Silvio.—No soy viejo, pero ya estoy en las horas irrevocables. De aquí salgo á volar; de aquí... á Europa. Cuando subí por esa calle tan larga de magnolias, y pasé debajo de estas acacias que llueven gotas de oro, y me hicieron esperar en la sala, frente al piano,—presentí (soy muy supersticioso y fío en los avisos) que me encontraba en ocasión decisiva y que este rincón del mundo guarda para mí la clave de lo venidero...
—¡Pobre criatura!—murmuró Minia sin mirarle.
—¡Le doy á usted lástima! Vamos, entiendo. Es que no cree usted que poseo condiciones de triunfador.
—Ni lo creo ni dejo de creerlo... Ignoro. Con lo que usted es capaz de hacer, sospecho que tiene asegurado el cocido, un cocido sano, suculento, quizás una comida sólida... ¡y eso es mucho, amigo!—¡Triunfar! ¡Dar ese zarpazo que usted sueña! El arte está espigado. La genialidad, la inspiración, si las viese usted en forma de improvisación, se equivocaría... Es el error de nuestros artistas: quieren sorprender á la ninfa dormida, ser faunos nervudos. Y lo que deben ser es caballeros andantes, cumpliendo mil hazañas obscuras, mil pruebas, antes de desencantar á la infanta. ¡Si al menos hubiese infanta! Se dan casos de encontrar en vez de infanta una bruja. ¿Y sabe usted lo más curioso? Al artista caballero andante, después de tantas heroicidades y de pelear con siete endriagos, lo mejor que le puede suceder no es acertar con la infanta, sino acertar consigo mismo, y autodesencantarse.
—¿No podré yo?—Silvio cruzaba las manos con angustia.
—¡Á saber!... De antemano córtese usted las alas de cera; disciplínese la voluntad; precava el desengaño. ¡Beba cada día un sorbo de decepción: el vaso entero, de una sentada, es dosis mortal! Un sorbo es muy provechoso; aunque mejor sería no necesitarlo, no haber soñado, y ser como los ciápodos, que tienen la cabeza junto al suelo—lo más bajito posible; rasando la tierra; tanto, que sus pelos se vuelven raíces...
—Habla usted así porque ya ha llegado.