—¿Sorolla?—repitió con extrañeza Minia.

—¿No le admira usted? ¡Pinta tanto ó más que Velázquez!

—No se trata de pintura ni de admiración. Sorolla es enteramente adverso, me parece, á los gérmenes que usted lleva en sí. Cada cual debe abundar en su propio sentido, desarrollar sus tendencias. ¿No estima usted la elegancia, la distinción? ¿No era Van Dyck, ante todo, un aristócrata?

—No; yo sólo estimo la fuerza. Ó pintaré como un hombre, virilmente, ó soy capaz de pegarme un tiro.

El Angelus seguía sonando; sus lágrimas de plata caían en la atmósfera acolchada de bruma transparente. Los obreros que trabajaban en terminar la torre de Levante, la más alta de las tres de Alborada, se escurrieron de los andamios y cruzaron en fila de hormiguero dando las buenas noches, zuequeando y haciendo crujir la arena. Eran picapedreros, mozos la mayor parte, y el sábado les alborozaban la cobranza, el descanso, el bailoteo en perspectiva. Obscurecían la terraza con sus cuerpos vestidos de telas pobres; olían acremente á sudor; el ambiente se enturbió cuando ellos desfilaron.

—Tal vez éstos—observó Silvio,—si consiguen lo que se proponen, si llevan adelante sus colectivismos, traerán, andando el tiempo, otra etapa de arte anónimo. Encasillados los artistas, cubiertas sus apremiantes necesidades, trabajarán sin exasperación de la vanidad, sin el aguijón del nombre. En Buenos Aires he conocido á bastantes socialistas... Los anarquistas, sin embargo, nos salvarán del anonimato, idea á que no me puedo habituar.

—Porque es usted todavía medio chiquillo. Si vive y paladea las ambrosías... ya me contará el sabor de boca que le dejan.

Un imperceptible orbayo, un soplo frío que extinguió la hoguera lejana del Poniente. La noche. Un globo de oro que al elevarse palidecía, se convertía en enorme perla gris y nacarada: la luna. Y la gran escenógrafa traía su telón romántico preparado, la fachada lateral de las torres toda en sombra, el frontispicio luminosamente blanco, los detalles de arquitectura adquiriendo un realce y una significación de misterio, el bosque ensanchado por la obscuridad, las acacias más grandiosas con su desmelenado ramaje, y allá en último término, el valle anegado en una nebulosidad azul que borraba los contornos y le daba apariencias de lago encerrado entre nubes y vapores de una delicadeza etérea.