El domingo siguiente oyeron misa en la capilla de Alborada. Llovía, llovía; plantas y flores se bañaban voluptuosamente, agradecidas; el otoño había sido bochornoso y seco. De las fauces de piedra de las gárgolas, un chorro continuo descendía á estrellarse en la enarenada tierra. El capellán no consintió, sin embargo, quedarse á comer en espera de la escampada. Despachado el caraqueño, trasegado el último sorbo de agua donde se disolvían caramelosos residuos de azucarillo, se encasquetó el sombrero de ala ancha, se colgó el rudo capotón, y encajándose á lomos de su montura, salió hacia la carretera, á trote corto, protegido por un paraguas monumental. Silvio presentó á Minia una hoja de álbum con la donosa caricatura ecuestre del clérigo.

—¡Pobre hombre!—sonrió la compositora.—¡Bah! Su misa vale exactamente como si la dijese Lacordaire, que era tan elocuente y tan apuesto. Nuestro corazón es soberbio; lo tenemos asediado por los sentidos. No nos basta Cristo en cuerpo y sangre; nos lo ha de consagrar un cura pulido, un cura bien—que no sea ese casi labriego, con tierra entre las uñas.

—¡Quién tuviese fe religiosa!—suspiró Silvio.—Á mí el corazón, como le dije á usted, se me ha encallecido; otro inconveniente para ser el monje miniaturista, apacible en su celda.

—Sí, la fe era una de las felicidades; y probablemente, la única que no sabe á ceniza. Suponer que hoy no cabe tener fe, es igual á suponer que ya no nacen las azucenas aunque las sembremos. No repita usted esa muletilla cargante de la fe deseada é inaccesible. Humildad, purificación, preparar el nido á la golondrina: ella vendrá.

—¿Y si no se comprenden ciertas cosas?... Vamos á ver: ¿cómo se arregla uno si los dogmas repugnan á la razón?

Minia guardó silencio un instante. Silencio desalentado. La paralizaba aquel argumento pobre y mísero, pero que, para ser rebatido, exige una transfusión de alma del creyente al incrédulo; y pensaba que las almas son solitarias, incomunicables, huertos cerrados, selladas fuentes... Silvio se equivocó: creyó que Minia, vencida, callaba por imposibilidad de contestar; y se excusó, temeroso de incurrir en desagrado.

—No debí discutir de tales materias con usted...

—¡Discutir!—repitió Minia alzando los hombros.—No hay discusión de este género que no sea un esfuerzo estéril; ¿sabe usted por qué? Por la misma causa que impide á los enamorados, en la mayor ansia de íntima comunicación, trocar espíritu por espíritu. Somos nosotros mismos; lo somos desesperadamente, fatídicamente, hasta la última gota, la última fibra. Y lo inefable es lo que más nos guardamos: el pomo de esencia divina, incrustado de gemas que fueron llanto, lo queremos en el seno á toda hora, tibio de nuestro calor. Diga usted, Silvio: ¿discutiría usted acaloradamente de estética con Dalín, el bizco, que tiene en Areal un almacén de paños y zarazas? ¿Ó con el cura que acaba de decirnos la misa?

Silvio se puso encendido hasta las orejas.

—¿Soy, según eso, como Dalín?—pronunció resentido.