—No; al contrario: es usted una naturaleza afinada, quintaesenciada; está usted en las cimas; su vehemente aspiración artística le sitúa en la región donde habitan los aguiluchos: podrán volar, ó cansarse, ó caer atravesados por el plomo: aguiluchos eran, con pico y garras... No se sobresalte usted: lo único que quise expresar es que un lado, un aspecto de su sensibilidad permanece tan rudimentario como la sensibilidad estética de Dalín el bizco. Usted no ha perdido la fe: no la siente: no perdemos un brazo cuando se nos queda tullido. No le ha faltado á usted sino negar el milagro—y es milagro todo.—¿Por qué me contesta usted razón cuando digo azucenas? La razón, ¿le explica á usted el misterio de una azucena, que es el mismo misterio de la vida universal? ¿Es que no advierte usted hasta qué punto enraízan nuestros pies, aletean nuestros pulmones y descansan nuestros ojos en el misterio? No hay sino él; en él nos movemos, vivimos y somos. Él nos refresca, nos arrulla, desarrolla nuestro embrión en las entrañas que nos abrigan y disuelve nuestro cuerpo en la fosa que nos recoge cuando caemos—no siempre tan sosegadamente como las hojas amarillentas de las acacias. ¡La razón! ¡Vieja chocha, sentenciosa, que no sabe sino cuatro casos de sucedidos y cuatro máximas roídas de orín! Su báculo tiene mugre secular; sus pies los calzan zapatos con suela de plomo. Lo mejor que hace el hombre suele ser contra la razón. He oído que el mundo rueda porque le empuja la locura, ó mejor dicho, la superrazón, que es fe. La razón, en arte, es el neoclasicismo académico; en ciencia, los sistemas que cierran el paso á la libre indagatoria. ¿Quién ha reunido en haz, á modo de cordeles de disciplina, los dictados de esa lógica con la cual nos quieren azotar? No lo sé. Nadie. Cada cual con su razón, que decía el gran dramaturgo; y es que á la razón, si la concedo mucho, la concedo que sea (como la fe) esperanza—otro subjetivismo.
—¿Y si los subjetivismos se contradicen?—arguyó Silvio.
—Calma, y á vivir; ya se concertarán cuando usted necesite, de verdad, creer, y más todavía esperar; y esa hora llega para todos los que no son Dalín el bizco, ni se reducen á roncar, comer y digerir con pachorra...
—¡No hable usted mal de la digestión!—imploró festivamente el pintor.—Digerir es la beatitud.
—¡Contento se quedaría usted si una sibila le predijese que su único porvenir era perfeccionar la función digestiva!
—¡Quién sabe lo que eso vale! ¡Sin eso, me río de lo demás!—respondió Silvio con alarde de prosaísmo brusco.—¿Sabe usted que escampa y clarea? Voy á leer un rato en el cenador de las pasionarias. ¿Me presta usted el librito que leía ayer?
—¿La Tentación de San Antonio? Voy á casa y se lo envío.
Provisto del volumen; sorteando los charcos que la tierra embebía poco á poco, el artista se refugió en el largo cenador tupido de trepadoras; allí no se oía más ruido que el cadencioso del caño de agua desahogando en el pilón semicircular para afluir después al estanque. Silvio alzaba la cabeza de vez en cuando; el chorrito ritmaba sus ideas; al menor soplo de aire, gotas frescas se descolgaban de las ramas; algunas se detenían en la cabellera del lector. Por la abertura circular practicada en el follaje, se veía la señorial tristeza del jardín antiguo, de recortados bojes, de árboles ya senadores; y las zuritas, descolgándose de la repisa del hórreo-palomar, bajaban á trancos cortos, inquietas, las escaleras del estanque, para llegar á sumir el pico en el agua revuelta por el aguacero, y donde flotaban, con lentitud graciosa, peces de laca carmínea, de exótica estructura, de nadaderas azul empavonado, compatriotas de Taikun.