—Las palomas—calculó Silvio,—de seguro acostumbran beber en este pilón, y las estorbo. Me apartaré para que no tengan recelo.
Se desvió. Era exacto. Apenas las aves vieron franco el camino, se precipitaron, se atropellaron al borde del pilón semicircular, riñendo á picotazos por la vez, como las aguadoras en las fuentes públicas. El pintor, abandonando el libro, sacó su carterita y su lápiz y apuntó el rebullicio de las aves, el pilón sobre el cual se erguían esbeltas y lanceoladas, semejantes á plantas de mayólica, las lustrosas hojas y las flores duras y tersas del arum ó cartucho. Encontrábase en lo mejor del apunte cuando llegó la baronesa.
—Hoy no se va usted: el tiempo está inseguro; á lo mejor cae otro chaparrón.
—Baronesa, ya abuso de su hospitalidad; mejor sería irme ahora, aprovechando la mañana.
—¿Sin almorzar? ¿Está usted en sí? En Alborada no es costumbre despachar á la gente con el estómago vacío. Pero, ¿qué prisa tiene usted?
—¡Si al menos me utilizara usted para algo! ¿Quiere permitirme que la retrate? Ha quedado un pedazo de papel, y lápices no faltan.
—¡Bah! Descanse; no se ocupe en retratar viejas... y al pastel mucho menos. Ya me retratará usted otra vez, si Dios quiere. Porque se me figura que usted, vuele adonde vuele, ha de recaer aquí... aunque sea sin ganas.
—Ganas sobrarían; pero aún más de irme lejos, hacia donde encuentre lo que tanta falta me hace. ¡Tengo que trabajar mucho!
—Para esa vida de trabajo, salud, salud y salud es lo que conviene. Quédese usted aquí hasta que nos vayamos á Madrid; duerma, coma y engorde. Hoy le daré á usted pimientos fritos, que le gustan, y empanada de robaliza, ¿se entera? Y muy rica que estará, si la amasan con manteca fresca, como he dispuesto.
—Lo que me gusta—declaró Silvio riendo de complacencia—es la cordial franqueza que encuentro aquí. ¿Son así las señoras en Madrid? ¿Cómo son?