—¡Qué sé yo! ¡Las hay de mil maneras! En fin, no sea usted tonto, y píntelas á todas muy guapas. Así ganará usted dinero; ¡el dinero es tan indispensable!

—¿Usted cree, baronesa, que me saldrán retratos en Madrid?

—Todo será que las señoronas se den unas á otras el santo y seña y que usted las saque preciosas. Esos retratos de la escuela moderna, exagerando la fealdad y con chafarrinones azules y verdes en la cara, vamos, ¡no concibo cómo hay quien se gaste una peseta en ellos! ¡Para verse más horroroso de lo que uno es! Figúrese: la gente se muere; al cabo de algunos años, nadie se acuerda ya de cómo era nadie; y siempre un retrato bonito...

—¡Ay! ¡Si comprendiese usted cómo me carga lo bonito, señora!

—¿Cómo? Pues no es usted especialista en...

—¿En mentiras?... Ya le dije á su hija de usted...

—¡Ah! mi hija... ¡Le aconseja á usted mal, de seguro! ¡Es tan novelera aquella cabeza! De fijo no le predica á usted para que en primer término se gane el dinerito...

—No por cierto...—repuso riendo otra vez el pintor.—No es eso lo que me predica. Á mí tampoco el interés, así, descarnadamente, como interés, me arrastra. No voy para millonario. Quisiera ganar, á ver si junto para estudiar en Francia, en Inglaterra, donde se pinta... en gordo. Tengo necesidades; pero al mismo tiempo sé pasarlo mal, y hasta ayunar...

—¡Ayunar! ¡Eso es locura! Lo primero, la buena comida.