—¡Si viese usted qué poco me dura un duro!—continuó Silvio con indolencia indiferente.—Ahora venderé unas finquillas...
—¡Vender!—clamó la baronesa, horripilada.—¡Por Dios, conserve usted lo que haya heredado, poco ó mucho! Su madre de usted tenía alguna renta. Casitas...
—¡Pch! Casi no recojo un céntimo de ellas. Entre reparos, contribuciones, administración... En fin, para que no ponga usted esa cara tan asustada, conservaré una casa, muy pequeña, en Zais, donde mi padre pasaba los veranos. Tiene su huerto, ¡vaya! y agua, y tres perales... Si algún día me hago célebre y opulento (dos bicocas), ahí me vendré á disfrutar... Su hija de usted dice que si he de acabar retirándome á Zais, que empiece por el final y me ahorraré un mundo de penas. ¡Tal vez!
—¡Sí, sí, tal vez estoy en lo firme!—exclamó Minia, apareciendo precedida de Votán, el corpulento danés.—¡Votán, al agua, pícaro!—mandó imperiosamente. El perro ladró de entusiasmo, tomó vuelo, y se oyó el chapoteo de su zambullida en el estanque.—¿Pues quién lo duda? ¿No espera usted en Zais tranquilidad y reposo? Cóbrese usted adelantado. Ninguna cosa buena debemos aplazar: nos la podría escamotear el destino. No, no; por si acaso... ¡Eh! ¡Votán! ¿Qué es eso de querer salir? Quietecito en el agua. Así; ¡guapo perro!
—¡Qué afán de desalentar á la gente!—exclamó la baronesa.
—¿Desalentar? Sí; ¡cualquiera desalienta á cualquiera! No vaticinamos para desalentar; se habla, como se grita cuando se recibe un golpe: es involuntario. ¡Afuera, Votán! Basta de baño, buen mozo... Y á sacudirte lejos, ¿eh? lejitos, que nos rocías. ¡Allá, allá! Oiga usted, haragán de artista, ¿no quería usted ilustrarme hoy un plato al humo? ¿hacerme una caricatura?
—Con la cabeza enorme y los pies invisibles—respondió Silvio.—En cambio, me interpretará usted al piano una de sus sinfonías campestres.
Silvio, recostado en el sillón, entornados los párpados, se encontraba todavía bajo el conjuro de la música, mejor dicho, de las músicas interiores que una combinación de sonidos evoca. La compositora, sin alardes de virtuosismo, sin descoyuntar las notas ni obligarlas al paso al través de aros ni al salto mortal; sencillamente, de corazón, acababa de derramar en las ondas del aire, temblantes aún, el aroma rústico de la tierra germinatriz. Silvio había percibido el olor húmedo de las fragas, después de que la lluvia las viste con una capa de hongos de terciopelo castaño y fulvo; el de los saúcos en floración, equívoco, extraño; el de las agridulces fresillas silvestres; el de la recién guadañada hierba; el de las colmenas, que reúne el deleite de la miel al misticismo del cirio; el de madera apolillada, caduca, que se exhala de los viejos Pazos; el del humo que envuelve á las casuchas sin chimenea en túnica de gasa gris; el del mosto nuevo, que emberrenchina; el del rancio Borde, que conforta; y, dominando á todos, hercúleo, bravío, el del mar de Cantabria, sal, yodo, fósforo, vitalidad disuelta en la respiración,—y también nostalgia, la melancolía de las playas y las costas; sentimiento de penumbras, inquietud de las razas antiguas, superiores y decadentes... Y Silvio escuchaba la cavernosa risa de Poseidon, agrandada hasta el bramido al retorcerse en las volutas de la caracola, y recordaba estrofas de Heine, la Pregunta del mar del Norte: “Explicadme el arcano...”
Á lo lejos, en la paz de la tarde, el chirrido de un carro de bueyes penetró por la ventana abierta; á distancia, no es inarmónica la queja interminable del eje sin ensebar. Silvio creyó que oía tan familiar ruido por primera vez, y lo escuchó con alma, con sentimiento, asociándolo á la música. Su imaginación se pobló de imágenes conocidas que, en aquel momento, eran rudimentos de arte; vió labriegos y labriegas de duras piernas desnudas, arrancando del terruño la patata; jayanes sudorosos, dejando caer el mallo sobre la extendida mies; viejas rugosas, á frunces, como manzanas tabardillas, rezuqueando ó pidiendo limosna; vió en el playal á los pescadores, negruzcos de cuello y cara, blancos de espalda y pecho, jalando del bou, que, como bolsa rellena de monedas de plata, quiere reventar al peso argentado de la sardina... Un transporte, una especie de deliquio de un instante, puso al artista de pie, le obligó á acercarse á la ventana, porque en la habitación no entraba aire suficiente para respirar: ahogábase; pero el dogal era tan suave, que la sofocación parecía caricia.