—¿Qué tiene usted?—preguntó Minia levantándose del taburete.
—Que me veo ya cómo he de ser dentro de pocos años; con la obra realizada, ¡con mi obra! Haré en el lienzo—añadió palpitando—lo que usted en la música. Interpretaré la luz, el color, la esencia de este país, que no ha tenido intérpretes, hasta la fecha, en la pintura.
—Verdad es, y quisiera darme cuenta de la causa—asintió Minia.—Aquí no se han producido pintores... Ello es que apenas los produjeron las demás regiones de la zona cantábrica. Casto Plasencia ha sorprendido bien el tono de los verdes húmedos de Asturias. Beruete, que es un realista sincero, ha reproducido exactamente algunos paisajes de aquí: vea usted en mi estudio una Ribera de Vigo...
—Muy buena, muy seria—exclamó Silvio con la ardiente espontaneidad que caracterizaba sus elogios á los del oficio.—Sólo que yo no me reduciré al paisaje. Lo completaré con el hombre. Revelaré todo lo que hay aquí; la poesía bucólica de este pedazo del mundo, como otros, por ejemplo usted, la revelaron en la música y en el verso. Descubriré la hermosura de esta ninfa dormida, para que se la admire. Me conquistaré un reino. Haré verdad, verdad. ¡Hurra! ¡Sólo de pensarlo bailo!
Como lo dijo lo hizo. ¡Hip! Rompió á danzar, á la marioneta, uno de esos bailes ingleses extravagantes, cómicos—zapateando el piso con las botas gruesas de becerro, y castañeteando sus dedos largos, huesudos, ágiles, habituados á tender el color.—La compositora le miraba danzar, y, en vez de reirse, experimentaba una especie de susto. El repentino arrebato de Silvio descubría la nerviosidad mal dominada, profunda como una lesión orgánica, el desequilibrio de aquel temperamento de artista. Lo desmedido del júbilo, la imposibilidad de moderarlo, parecíanle á Minia—idólatra del self control—síntoma de debilidad. “¿Es lo físico? ¿Es lo moral lo que se opondrá á que este muchacho de dotes tan extraordinarias llegue á ser artista completo? ¿Ó me equivoco, y no sé reconocer en el desequilibrio la marca del genio? ¡Ojalá!” Deseó, con piedad inmensa. “¡Dios le dé también el método, la paciencia, la perseverancia!”
Silvio ya se sentaba, secándose la frente con el pañuelo, acortado el resuello, entrecortada la risa, excusándose.
—No me diga usted nada; conocida es esa fiebre...
—Es que hay momentos... hay ideas... ¡Si se me ocurre que yo podría abrirme mi surco, el mío, el mío sólo! Porque el resto... patarata. Seguir á éste, al otro, al de más allá... porquería. ¿Verdad que sí?
—¡Sí, criatura! Seguir, nada más que seguir, no vale la pena. Sólo que por ahí se principia. ¡Y se ha pintado tanto, y se pinta tanto y tan bien, que no será pequeñez eso del surco propio! Calma, calma; aspirar; pero con serenidad resignada de antemano; si no, va usted á padecer como un réprobo.
—No importa sufrir. Se sufre por algo, ¡qué diantre! ¿Quiere usted hacerme el favor de abrir este libro de Flaubert y que leamos un poco en él? Ahí, ahí, en las últimas hojas... el diálogo de la Esfinge y la Quimera...