Minia hojeó, sujetó al fin con el pulgar la página donde principia el diálogo.

—¿Traduce usted bien á libro abierto?—preguntó la compositora.

—No; me costaría trabajo.

—Entonces, yo...

Y Minia recitó, con su voz llena y clara. Veíase que el pasaje se lo sabía de memoria; el libro servía únicamente para darle la certeza de no comerse un renglón ni un vocablo... excepto los que suprimiese de propósito.


“Y frontera, á la otra orilla del Nilo, he aquí que aparece la Esfinge. Estira las patas, sacude las vendas de su frente y se tumba vientre á tierra.

“Saltando, volando, espurriando fuego por las fosas nasales, azotándose las alas con su cauda de dragón, la Quimera de glaucos ojos gira y ladra.

“Los anillos de su cabello, de un lado se entretejen con el vello de sus ancas, de otro barren la arena y oscilan al balancearse el cuerpo.

La Esfinge. (Inmóvil, mira á la Quimera).—Detente: ¡aquí!