La Quimera.—¡Jamás!

La Esfinge.—¡No corras tanto, no vueles tan alto, no ladres tan recio!

La Quimera.—¡No vuelvas á llamarme, para que al fin te calles muy buenas cosas!

La Esfinge.—¡No me soples fuego á la cara, no me ladres al oído: de piedra soy!

La Quimera.—¡No me atraparás, pavorosa Esfinge!

La Esfinge.—¡No te quiero conmigo, loca de atar!

La Quimera.—¡Ahí te quedes, pesadota!

La Esfinge.—¿Adónde bueno tan aprisa?

La Quimera.—Á dispararme por las revueltas del laberinto, á flotar sobre las cimas, á rasar los mares, á brincar en el hondón de los despeñaderos, á agarrarme á la faldamenta de las nubes. Con mi rabo arrastradizo rayo la arena de las playas; las colinas remedan la forma de mis hombros. Y tú, ahí, eternamente quieta, ó dibujando alfabetos en la arena con las uñas de tus garras...

La Esfinge.—Es que guardo mi secreto: calculo y reflexiono. El mar se revuelca en su lecho, los trigos ondean, las caravanas pasan, el polvo vuela, desmorónanse las ciudades—y la mirada fija de mis pupilas, más allá de los objetos, escruta inaccesibles horizontes.