La Quimera.—¡Yo soy rauda y regocijada! Descubro al hombre deslumbrantes perspectivas, paraísos en las nubes y dichas remotas. Derramo en las almas las eternas locuras, planes de dicha, fantasías de porvenir, sueños de gloria, juramentos de amor, altas resoluciones... Impulso al largo viaje y á la magna empresa... Busco perfumes nuevos, flores más anchas, goces desconocidos...”


Detúvose Minia: su instinto femenil la impedía continuar, y, por otra parte, ya había recitado los párrafos decisivos. Silvio, con los ojos muy abiertos, conteniendo la respiración, bebía el contenido del diálogo maravilloso. El hálito de brasa de la Quimera encendía sus sienes y electrizaba los rizos de su pelo rubio ceniza; las glaucas pupilas del monstruo le fascinaban deliciosamente, y su cola de dragón, enroscándosele á la cintura, le levantaba en alto, como á santo extático que no toca al suelo. El artista se echó atrás, alzó los brazos y suspiró desde lo más secreto del espíritu:

—¡Triunfar ó morir! Mi Quimera es esa, y excepto mi Quimera... ¿qué me importa el mundo?

Callada como la Esfinge, que enmudece justamente porque sabe, Minia se levantó; Silvio la siguió, pues la compositora le había hecho una seña con la mano. Tomó hacia la derecha; caminaba despacio, sin volver la cabeza atrás. Empujó la puerta de la sacristía que comunicaba con la sala, y estaba semiobscura, alumbrada por una lamparilla de aceite ante un crucifijo tétrico, de tamaño natural, de cabellera de mujer, también natural, enredada, como empapada de sudor; y de allí cruzó á la capilla, donde negreaba el alto retablo de talla borrominesca, en contraste con la blancura de las paredes caleadas y del granito de los arcos.—Dirigióse al de la izquierda, que era un sepulcro.—En la imposta del arco aparecían, toscamente cortadas en el granito, las piñas de pino bravo y las veneras, símbolo de toda la naturaleza de Galicia, las selvas y las costas; el hueco que había de ocupar el sarcófago encontrábase vacío. La mirada de Minia, deteniéndose en aquel hueco y volviéndose después hacia el artista, fué tan elocuente, que Silvio entendió igual que si leyese un rótulo escrito en clara letra.

—¡La única verdad!...—murmuró.

—¿Es usted de los que encuentran desconsoladora la perspectiva del no ser?—articuló bajito Minia, que se cubrió la cabeza, por respeto al lugar sagrado, con el chal de lana ligera que llevaba al cuello para preservarse de la humedad.

—Francamente, ¡sí! No concibo el fin de mí mismo: estoy por decir que la muerte me parece absurda—y miró al arco de nuevo, como si le fascinase.—Mejor dicho, ¡ni aun consiento pensar en eso! Déjeme usted que cargue conmigo la Quimera y me lleve á la luna, al sol, á las islas fantásticas...—Repentinamente horripilado, se echó atrás y gritó:

—Salgamos de aquí. Ese hueco vacío me hace señas también... ¡Vámonos: al aire, al soto... adonde se vea cielo!