Así, copiado al pie de la letra.
¡Gastan imaginación en Marineda, vaya si la gastan! ¡Y lo cómico es leer esto en el camaranchón que llamo taller, amueblado con una estufa que no tira y el caballete mecánico, y visitado sólo—á tanto la hora—por la modelo, la Eladia, que deja caer, al desnudarse, un corsé muy usado, color lagarto mustio, del cual reniego!
—¿Chica, no tienes más corsé que éste?
—No, sorito...
El tono es tan triste, que arrío dos duros para un corsé nuevo y blanco; al otro día sube con el antiguo. Que su madre está enferma, que tuvo que comprar una medicina “barbaridá de cara...” ¡Bien, adelante! De rabia, la coloco, borrajeo un apunte, y me sale regular; la modelo, destacándose sobre la luz de la vidriera y ajustándose el corsé, con un movimiento airoso de los brazos hacia atrás. No la vuelvo á dar propina: la guita se me va que vuela.
Diciembre.—Me he reanimado al ponerme al habla con las Dumbrías. Me hicieron cenar allí la noche de la llegada, las provisiones que traían en el tren, que me supieron á gloria, y eran, sobre poco más ó menos, lo que hubiese comido en mi taller—fiambres, pastas.—¿Por qué digerí mejor ya? ¿Es que mis nervios mandan en mí tan absolutamente?
Á la siguiente mañana me llamaron por teléfono—el teléfono del despacho de aguas minerales, en el piso bajo de mi casa,—para avisarme que vendrían á visitar mi instalación. Han venido, impresionando á la portera, que al cabo ve aquí unas señoras; se han reído mucho de ver cuántas cosas me faltan.
—Supongo—dijo Minia—que estará usted encantado, porque esta escasez es poesía.