—No tal—grité.—¡Ay, los soñadores! ¡Señora, esa fantasía de usted! Estoy perramente, y es imposible, aunque llegasen á enterarse de mi existencia, que ninguna dama ponga los pies en tal desván.

—Muchísimas gracias, por la parte que nos toca...

—Bueno; ustedes, es otra cosa. Ya me entienden...

Horas después llamaron á la puerta y entraron dos mozos cargados de trastos. Las Dumbrías, que justamente acaban de arreglar un salón-biblioteca y de cambiar parte de su mobiliario, me remitían estantes para libros, cortinas, una cama de madera, un sofá, algunas sillas. “No nos caben en casa”, decía el billete. “Vaya usted á comer á las ocho, y no espere buen trato, estamos desorganizadas todavía... No tenemos más convidado que usted...” Interpreto: puedo ir con esta ropa. De perlas, la ropa. Es la misma con que vine de Buenos Aires; la hice á principios del verano de allí, que es el invierno de aquí, y por consiguiente, ahora, en otro invierno, después de dos veranos empalmados, porque en Mayo me vine á España, cualquiera adivina el aspecto que ofrece, y lo que abrigará. “Poesía, poesía...”, dirá Minia... “Pulmonía...”, digo yo. Y además, el único gabán se ha puesto del color indefinible del corsé de la modelo. Habrá que equiparse.—¿Habrá...?

Al salir de casa de Dumbría para ir á dibujar á la Sociedad, una digestión completamente feliz me despeja la cabeza. En fin, el caso es que dentro de unos quince días, el tiempo estrictamente indispensable para “arreglar” algo, darán tres reuniones por la tarde, á las cuales yo no asistiré; expondrán el retrato de Minia, y malo será—opina la baronesa—que no salten encargos.

—Sea usted, al principio sobre todo, muy transigente. Cobre poco: en Madrid no se atan los perros con longanizas; las necesidades de apariencia de la vida son muchas, y los más ricos y empingorotados miran al microscopio lo que gastan. Préstese usted á ir á las casas á trabajar; vale más, ya que tiene usted el taller en malas condiciones...

—Pero la luz...

—La verdadera luz son los cuartos. Déjese de historias.

De modo que ya se revela mi porvenir. Subir escaleras como los maestros de piano, esperar en la antesala á que me mande pasar la señorita, retratar con luces de interior y á la hora que me ordenen... Y lo más vil es temblar, no á esas humillaciones, sino á que no llegue el caso de sufrirlas; á que, al exponerse mi retrato, se encojan de hombros y pasen á tratar de asuntos de actualidad,—riéndose del mamarrachista y de la indiscreta bondad de las que le protegen. Ahora se me figura que infaliblemente sucederá esto último. En mi crisis de desaliento, me siento sufrir y rabiar, no por lo que temo que va á pasarme, sino (me ocurre muy á menudo) por cuanto de malo me ha pasado en la vida. Lo repaso, lo recuerdo, lo rumio, y las contrariedades difuntas resucitan; ni aun las grandes, no: las pequeñas, las ruines. Quisiera trocar mi suerte, ser carpintero ó herrero, no hallarme aquí, emprender un viaje, recluirme en Zais; á pesar del contento del estómago, mi cerebro se ensombrece, y de puro nervioso echo chispas como los gatos. ¡Miseria, nulidad de la vida!