—Así de ropa, ¿cómo me presento en casa de la condesa?
—¡La condesa, ya le he dicho á usted que es buena é inteligente!—insistió Minia.—No será ella quien se fije en eso; es decir, fijarse sí, no se le escapará; pero se dará cuenta de lo natural del hecho y no se burlará ni por asomos. No por ella; por conveniencia general, encárguese usted algo. Le hace á usted tanta falta como los pinceles.
¡Minia llama algo á un traje completo de sociedad, con abrigo; otro traje de mañana, corbatas, camisas, botas, guantes, el demonio! No hay remedio, el sastre sea conmigo. Parezco un pobre vergonzante: así no me admitirían. ¡Ah, mi gabán verdoso, mi pantalón color nuez, con rodilleras, mi sombrero blando, de fieltro, mi pelaje de artista! ¡Yo que aborrezco el frac!
Paciencia; si he de llegar á ser, á revelarme, necesito subsistir, y la subsistencia así viene, y entretanto á adelantar, á adquirir impecable dibujo; el colorido, después.—Se me figura que he conquistado hoy el pan, y he vuelto á casa con el júbilo innoble de un perro que caza un hueso circundado de piltrafas.
Fin de Diciembre.—Además del retrato de la Palma—que en efecto es como me la ha descrito Minia—han salido de los dos chocolates de casa de Dumbría otros encargos: una señora quiere el retrato, de cuerpo entero, al óleo, de sus niños; otra, un pastel con manos y busto, envuelto en pieles de chinchilla.
¡Al óleo! Mi conciencia protesta. No sé pintar al óleo. En el pastel me desenredo; en el óleo estoy á ciegas. Antes de pintar al óleo un retrato, debo ir á lavarles los pinceles á Sala ó á Sorolla, y á barrerles el taller dos años; después, hablaríamos. El óleo es la única pintura positiva. Estuve á pique de negarme en seco. Las quinientas pesetas de cada retrato al óleo me subyugaron. La baronesa de Dumbría no se explicaba mis escrúpulos; Minia, sí; ¡pero, quinientas! y con el sastre amenazando...
En La Época, por primera vez, leo mi nombre, flanqueado de epítetos lisonjeros. Es una crónica de las reuniones de Dumbría; elogian el retrato de la compositora, anuncian el de la Palma, recuerdan las tradiciones aristocráticas del pastel, consignan que después de la muerte de Madrazo no ha quedado en Madrid un retratista de damas—y pronostican que ese retratista puedo ser yo.
¡Lagarto, lagarto! Otro es mi sueño...
El Imparcial también me dedica un párrafo. Me llama “modesto artista”. ¡Modesto! ¡Rayo! Modesto, no; ¡cargue Satanás con la modestia!