Á la siguiente noche, en la Sociedad, mientras Cenizate me suelta un fogoso abrazo de felicitación, percibo en los demás, y especialmente en los que creía algo amigos míos, una ironía y una sorpresa malévola, gestos impertinentes. En un grupo se dan al codo y ríen; en otro bajan la nariz y se chapuzan en el dibujo. Solano, el impresionista, me vuelve la espalda. No existo. ¿Envidia ya? ¿Envidia de qué? Ellos lo único que deben envidiar es la gloria; eso sí que lo envidio yo, con rabiosos transportes y con respeto fanático á los gloriosos (si es contradictorio, también es verdad). ¿Pero envidiarme el pan, y un pan tan triste? ¡Miseria, miseria, miseria!
Además de la envidia, percibo otra cosa todavía más mortificante, ¡el desprecio!
La simpatía de mis compañeros me animaba. Hoy parece que me miran por cima del hombro; no desdeñan mis aptitudes: desdeñan al tránsfuga, al intrigante.
—No hagas caso—aconsejó Cenizate cuando salimos juntos.—Tonterías. Uno de esos amaneramientos de taller. El estribillo de que para ser artista hay que ser un puerco-espín, hablar en carretero y en chulo, no tratar sino á las modelos. Mejor si te llevan en palmas en los salones y te sonríen las deidades.
¡Este ya se figura!... ¡Otro como Goizán!
La Palma—noto que aquí nadie dice la duquesa de Alba, sino la Alba, la Osuna, la Laguna,—la Palma me acoge con bondad suma, y está muy contenta de su retrato, del parecido, de todo. Su casa es un palacio, en una calle anticuada y solitaria, donde se ignora el ruido de los tranvías. En otras épocas se celebraron allí grandes bailes; ahora sólo tertulias íntimas, tresillos, tal cual comida—según me dice la misma condesa. Ella ha hablado de mí á su círculo, y espera decidir á alguna elegante á que se deje retratar, en cuyo caso me pondré muy rápidamente de moda. Pregunto qué elegantes son esas y en qué se diferencian de las otras damas; si son más bonitas, más ilustres, ó se visten por otro estilo; qué tienen de particular para que si se encaprichan le pongan á uno en candelero. La Palma sonríe; sus ojos azules chispean picaresca é indulgente jovialidad.
—Amigo artista—me dice en su correcto y reposado tono habitual,—no quiero adelantarle á usted impresiones de sociedad, porque usted no es de los que necesitan que les den la sopa con cuchara de bayeta. Me alegraría mucho, por usted, que Lina Moros consintiese; es una hermosura... ya verá usted. Con Lina Moros triunfaría usted en toda la línea. Le conviene á usted retratar de esas bellezas profesionales.
Pedí detalles, rasgos.
—¡Aguarde usted! Si tengo aquí la fotografía.
Quedé deslumbrado. Aunque conozco las triquiñuelas de los fotógrafos de alto copete, y cómo ponen y cómo hacen... lo propio que yo hago, ¡infeliz de mí!, sé también hasta dónde alcanza esa habilidad; sé descontarla. No es mujer, es una hurí. Las huríes me figuro yo que se diferencian mucho de los ángeles: éstos tranquilizan y aquéllas soliviantan. La Palma ve el efecto y me embroma.