—No vaya usted á prendarse; Lina hace estragos...
¡Prendarme! No tengo confianza bastante para explicarle á la condesa mi interioridad en estas materias; lo único que se me ocurre es exclamar:
—La semana que viene espero adecentarme; y entonces, ya que es usted tan bondadosa para mí...
El miércoles pruebo; el sábado me traen sólo el traje de diario y el abrigo, lo que me corría más prisa. Las corbatas, las camisas, ¡maldición! hay que abonarlas al contado. Mi bolsa, escurrida como tripa de pollo. Suerte que la Palma me envía en un sobrecito billetes, el precio de su retrato. Los óleos de los chicos adelantan: van desastrosos... pero, ingreso en puerta. ¿Será verdad que el pan se ha conquistado?
Al retirarme de la Academia me acompaña siempre Cenizate; charlamos de mis esperanzas, y se toma por ellas interés vehemente. Frustrado en cuanto artista (se me figura que no irá más allá de lo que hace hoy, paisajitos grises, con troncos rojos, una lamedura de Haes), teniendo lo suficiente para vivir, porque es económico, ha concentrado en mí la ilusión que tal vez no siente ya por cuenta propia. Un modo de engañarse á sí mismo como otro cualquiera, el imponer en cabeza ajena los sueños. Ello es que Cenizate se pelea desesperadamente por mí, defiende mis pasteles—que atacan sin haberlos visto—y se pasa en mi taller las horas muertas forjando planes y enunciando hipótesis. “Has de tener que abrir las ventanas para que se vayan los perfumes de tanta cliente...” Todo el mundo me envuelve en perfumes... y aquí no huele sino á carbón de cok y á colillas de cigarro. Ayer, por la tarde, subió con un recado la portera, y Cenizate saltó: “La señá marquesa de Regis, por el teléfono, que cuándo podrá el señorito pasar por su casa...” ¿Marquesa de Regis? No sé quién es... Buenos oficios de la Palma, ¡de fijo! “¿Lo ves?”, repetía Marín. Por la noche, en el café, viéndome en un instante de abatimiento, me interrogó:
—¿No estás contento, ahora que los peces pican?
—¡Contento! Lo estaré así que me vea por el mundo adelante, metido en harina de verdadero trabajo. No cuentes en la Sociedad ni esto; sobra con la batahola de los periódicos. Solano es capaz de escupirme á la cara...
Cenizate se encogió de hombros, repitiendo: “¡Solano, Solano!...” en tono de mofa. Entró un chiquillo, uno de esos golfitos, industriales al menudeo, y se nos arrimó insinuante. Creí que iba á ofrecernos fotografías libidinosas. No; eran tablitas procedentes de cajas de puros, donde una mano febril había indicado, á manchas de abigarrados colorines, un árbol, una casa, una pared sevillana con azulejos y tiestos, una cabeza de chula con orejeras de claveles.
—Dos pesetillas, señoritos... Pintás á la mano, firmás... Pá adornar la sala, señoritos...
Mi amigo me agarró del brazo riendo con maligna satisfacción, señalándome á la “firma”, una T gótica.