—¡De Solano!—exclamó.—¡Que sí, hijo, que las conozco á la legua! Se embadurna tres ó cuatro en otros tantos minutos todos los días, sin firma, con esa T que significa Trigo... y tiene infestados los cafés, el Rastro y la calle de Alcalá... ¡Y el tupé de torcerte la cara á ti porque retratas marquesas! ¡Es un fantoche! Y no llega: te digo yo que no llega. No tiene miaja de talento, y muy mal gusto: ¡un cursi, un cursi!

Me puse encarnado y compré sin regatear la media docena de tablas al chiquillo. Que viva Solano, porque—aunque no lo crea Cenizate—él mendiga más altivamente quizás que yo. Tiende la mano en la calle, yo en los palacios.

Estreno mi ropa. ¡Parezco otro! Voy á casa de Regis. La marquesa, señora á la antigua, madre de familia cariñosa, quiere un retrato de la mayor de las muchachas, guardar el recuerdo de cómo era antes de casarse—la boda está fijada para la primavera.—Pastel género romanza de Tosti: traje rosa, escote virginal, bandós Cleo, rostro inclinado á la derecha, sonrisa cándida. Ventajas: la señorita vendrá á mi taller con la miss, y la despabilaré en dos sesiones, y podría en una, porque esto es coser y cantar; pero desmerecería; lo creerían demasiado fácil. Y adivino la escena: reunión de familia admirando la “preciosidad”, apretón de manos del padre, felicitación y palmada en el hombro del novio, marco Luis XVI, pago á tocateja. Por teléfono: la Palma; ¡Lina Moros consiente! Pero esta semana, imposible; dos comidas de Embajada y Legación, acostarse tarde, cansancio... Y la semana que viene, pruebas en la modista, baile en casa de Camargo... Ya me avisará—Con mi facultad de leer entre líneas, descifré de corrido: “hacerse valer un poco; no se le abre á la gente la puerta así de golpe”. Y experimento de antemano hacia la beldad una prevención hostil, una antipatía nerviosa, complicada de atracción. Sus líneas me incitan á estudiarla; su carácter... ¿qué sé yo? ¿ni qué me importa? Otro hombre, sobre tal base, tendría la mitad del camino andado para enamorarse como un pelele.

Minia me llama por teléfono. Bajo al prosaico despacho de aguas minerales, que parece una zahurda, y comunico, después de bregar cinco minutos con las telefonistas.

—¿Oye?

—Oigo.

—¿Sabe que La Época ha vuelto á dedicarle un buen retazo de Ecos?

—¿Sí? Lo deploro. Yo ahora quiero cuartos; fama no, no.

—Es lo mismo para el caso. Un periódico de allá, de la región, también habla de usted.