—¡Sea por Dios!
—Hay además para usted dos recados, y con apuro. Esto va más aprisa de lo que creíamos: viento en popa. Dice mi madre que esta noche tenemos... Aquí un mosconeo en el teléfono, envolviendo el nombre de platos clásicos en la tierra, y la invitación adivinada.
—Iré, iré, y así me enteraré de los recados.
Dos retratos más: el de la vizcondesa viuda de Ayamonte, el del menorcito de los niños de Fadrique Vélez... Nombres de ruido sonoro, que parece que acarrean historia.
—Como no saben sus señas—advirtió Minia—preguntan aquí; en este papelito encontrará usted la dirección de ambos clientes, para que con ellos se entienda usted. ¡Lleva usted trazas de hacerse de oro! Hablan de usted en el foyer del Real y en las tertulias. Ayer, en el te de casa de Camargo, en dos ó tres grupos era usted el asunto predilecto. Las sensacionistas, que corren tras la mariposa de la novedad, van estando pirradas por conocerle á usted.
—Si ven mi taller, salen pitando.
Esta idea me tuvo desvelado toda la noche. Me revolvía en la cama furioso, al observar cómo mis actos se acompasan servilmente á la marcha de la realidad, mientras mi espíritu sigue abrazado á la Quimera. En teniendo mis cuatro ó cinco retratos al mes para vivir, debiera bastarme y consagrar todas mis fuerzas á lo íntimo; y he aquí que en mi cerebro, excitado por el insomnio, danzan y contradanzan proyectos inspirados por lo que viene de fuera; mejoras en mi instalación, en armonía con los gustos y las exigencias de esa multitud que va á echárseme encima, y que al proporcionarme recursos me impone desembolsos. Los recursos por ahora son semifantásticos, y lo otro urge.
Recorro con Cenizate algunas tiendas de anticuarios. Llevo una lista de lo más apremiante.
Sofá (Luis XVI ó Imperio).
Dos sillones (ídem).