Un tapiz para el suelo.
Un mueble que sirva de escritorio.
Un par de taburetes ó sillas bajas.
Después de mil regateos, y á plazo de mes y medio la cuenta (sin garantía alguna: estos anticuarios parecen confiadísimos), me decido por dos fraileros, cuatro sillas de laca y seda brochada, un canapé Imperio, una alfombra pequeña y viejísima, pero de colorido grato, un contador italiano aparatoso—falso quizás,—dos ó tres Talaveras recompuestos, un arcón tallado, basto, que me servirá de carbonera. Todo ello, cerca de dos mil pesetas. Probablemente me han trufado; entiendo poco de regateo, y Cenizate menos, á pesar de sus alardes de inteligencia y sus reiterados “con esta gente hay que ser muy escamón... Entre gitanos... No te fíes...” El engaño no me importa; lo malo es que actualmente no tengo un real, y sacar de la yema de los dedos tantas pesetas se me figura imposible.
Llegan las adquisiciones. La secatona portera, á quien tengo solícita á fuerza de chorrear propinas, las acomoda á mi gusto, arregla, barre. El camaranchón se transforma. Con mis estudios y bocetos, sujetos por tachuelas, alegrando la pared; con la guitarra y los palillos en panoplia; con los cuatro trastos antiguos, bien agrupados, formando un rincón caprichoso que no me canso de mirar, esto es ya nido de artista. Salgo, me lanzo á la calle del Caballero de Gracia y compro una palmera y una camelia en flor. Es el toque que faltaba. Y aviso á las de Dumbría, que vengan á admirar...
Minia y su madre, que me inspiran una especie de culto, á veces me exasperan: me entran tentaciones de contestar desagradablemente á lo que me dicen. Noto esta propensión desde que estoy en Madrid, y no la pude reprimir cuando se resistieron á aprobar mis gastos.
—Sillas, bueno; pero sillas de á diez pesetas—declaró la baronesa.—Así nunca tendrá usted un fondo para un imprevisto.
—Se ve que no quiere usted ser libre y dominar al destino—advirtió Minia.—No me alarmaría este mueblaje, si no revelase su adquisición que no tiene usted paciencia para esperar á ver reunido el dinero. Derrochando, se ata usted de manos y pies. Lo que nos hace dueños de nosotros mismos es la moderación en los deseos, y mejor si se pudiesen suprimir. Es la filosofía de la pobreza franciscana, que va segura y posee el mundo.
Lo que me irrita es justamente la conformidad de estas ideas con las mías; con las mías íntimas, y que no practico porque no puedo. No hay cosa que nos fastidie, á ratos, como encontrar encarnado en otra persona el dictamen secreto de nuestra conciencia. Ante Minia, me avergonzaré de mis pasteles comerciales, como de una desnudez deforme. Su mirada, á un tiempo llena de serenidad y de incurable desencanto, es un espejo donde me veo... y me odio.