Esto se formaliza. Á mi taller, ya amueblado con cierta coquetería, me atrevo á citar á los parroquianos; ¿vendrán? Por ahora se resisten. El menorcito de Fadrique Vélez es un querubín: me han contado que es fruto de amor, no de la coyunda, y en una familia contrahecha y esmirriada, forman extraño contraste su gallarda figura, sus bucles rubios y su tez de madreperla. Le retrato vestido de terciopelo azul, cuello de encaje de Irlanda, tirabuzones á lo Luis XVII... La madre, que no se aparta de allí mientras trabajo, se extasía y devora con los ojos al retrato y al modelo.
La Ayamonte es la primer alta señora que consiente en acudir á mi casa. La propondré sesiones cortas y más numerosas; si no, cree el buen público que esto se hace como buñuelos... y lo peor es que acierta. Además, he de reservarme horas para mi dibujo y mis estudios de óleo.
Una modelo nueva—he despachado á la del corsé feo; la he estrujado ya hasta el alma... que no tiene. Me queda de ella un estudio mediano: Ajustando el corsé;—¿qué más había de quedarme?
La de ahora no gasta corsé. Gitana—auténtica,—y veinte años. Tipo de raza admirable. Pelo azul, aceitoso, mordido por peinetas de celuloide imitando coral; tez de cuero de Córdoba—negra soy, pero hermosa, hijas de Jerusalén;—dientes de chacal joven; nariz y labios de escultura egipcia; y, como está fresca aún, senos parecidos á dos medias naranjas pequeñas, bruñidas por el sol.
Cualquier combinación con esta zíngara hace asunto. El pañolito de espumilla y el mazo de claveles tras la oreja; la montera y la chaqueta del torero; el cigarro entre los labios; sobre todo, la tela de seda rayada, amarilla y marrón, imitando el tocado de las esfinges, con el cual, su perfil adquiere la nobleza de lo secular y primitivo, la precisión del camafeo; sus ojos se ensombrecen.—¡Pobre Churumbela! (la llamo así).—Cuando yo fije, en pedazos de lienzo ó de cartón, todos los aspectos de su típica figura y los clave en la pared, como el entomólogo sus colecciones, me aburrirá. Es muy pedigüeña, muy lagotera, y siempre la manía de decir la buenaventura, y de pronosticarme fortunones y noticias felices que van á yegá po el correo.
Enero.—Más recados. El teléfono de Dumbría y el de Palma empiezan á activarse para mí. De esta semana saldrán diez ó doce encargos por lo menos. La Ayamonte viene; ¡al fin pisa mi taller una de las consabidas y esperadas deidades! Se lo agradezco tanto, que me propongo esmerarme en su efigie, y así se lo digo en términos penetrados de agradecimiento entusiasta. Aun no he acabado de hacerlo, cuando me pesa; conozco que acabo de dar base á una situación embarazosa.—¿Embarazosa? ¿Por qué? En fin, tonterías...
La Ayamonte es viuda, acaudalada, libérrima; parece contar de treinta y seis á treinta y siete años. ¿Fea? ¿Guapa? Al pronto, insignificante. Fijándose (como tiene que fijarse el retratista para sorprender lo que late en la fisonomía), produce impresión; atrae. Es descolorida, y cuando se emociona aun se pone más pálida; los ojos, pardos; el pelo, que ha debido de ser rubio, ahora es de un castaño muy suave, apagado, sin ondulaciones, fino y limpio, revelando el esmero de la mujer cuidadosa. Viste bien, pero la falta chic. (El chic lo adivino yo; tengo ese don fatal de inclinarme al chic, y á la vez lo detesto, porque el chic es la mueca de la belleza.) Pero lo que me llama la atención de esta mujer, que á primera vista pasa inadvertida, es que encuentro en su cara la misma expresión que en la mía, lo cual crea una especie de semejanza.
Nadie notará este parecido, que no está en el dibujo ni aun en el color; yo, sí. Con la imaginación, la corto el pelo y se lo revuelvo como el mío; la aplico un bigotillo rubio, vandikista, sobre el labio superior; la enjareto una blusa... y se me figura un hermano—mayor ó menor ¿quién sabe?—porque las mujeres vestidas de hombre rejuvenecen, cuando no son del todo viejas. Así la fantaseo... mientras pongo sobre el papel gris las primeras placas de color.
Si en vez de escribir este libro de memorias hablase con alguien, miraría lo que dijese, no me llamaran fatuo. Aquí, ¿qué más da? Me confieso conmigo mismo.