La mujer es un peligro en general; para mí, con mis propósitos, sería el abismo. Por fortuna, no padezco del mal de querer. Hasta padezco del contrario. No hay mujer que no me canse á los ocho días. Cuando estoy nervioso me irritan; las hartaría de puñetazos. ¡Concilien ustedes esto con mi cara soñadora y mis ojos llenos de vaguedad romántica, que tantos timos han dado involuntariamente! Lo malo es que no doy el timo sólo con los ojos; lo doy, sin querer tampoco, con la voz, con el gesto y con la frase. Y estoy notando el efecto, y pienso que no es un proceder honrado, y sigo adelante, y recargo la suerte... Fatalidad, ya irremediable. No lucho; ¡á luchar, lucharía para no disolverme en los crueles brazos de la Quimera!
Cuanto más tierno é insinuante me pongo al exterior, más crudas se alzan en mi interior las protestas de mi desdén hacia ese instinto natural que, convertido en ideal, tanto disloca á la especie humana. ¡Darle á eso trascendencia, existiendo el arte!
Al caso: la Ayamonte, desde las primeras palabras que hemos cruzado, comprendo que se ha conmovido algo por mí.
¿Hay tonto que no se dé cuenta de estas cosas? ¡Bah! Trasparente es el vidrio, el agua, los tules... Más transparente un alma de hembra. Nunca he dudado; equivocarme... raras veces. Por lo mismo que no me importa, que no me ciego, adivino, adivino... Hasta he solido prever cómo va á desarrollarse todo; qué trámites mediarán, qué incidentes, qué bordados llevará la orla. Lo cual me enfría más aún. Y miro á la Ayamonte, y siento de antemano el tedio de lo ya conocido; y ella nota que la miro—de otra manera que como se mira para retratar,—y absorbe en mi mirada qué sé yo cuántos quintales de ilusión...
El retrato es de tres cuartas partes de cuerpo; más bajo de las rodillas. Discutimos el traje, la posición, mientras yo descanso de haber indicado ligeramente la cabeza. Convenimos—con efusión de temprana complicidad—en que retrataré despacio, despacio... La Ayamonte me ruega que no la avise ningún miércoles; es el día que almuerza en casa de su hermana la señora de Mendoza; ni ningún viernes, es el día en que saca á paseo á la sobrinita, una criatura de diez y siete años á quien tendré que retratar. ¿El traje? ¿Terciopelo negro, raso gris, chiné rosa?
—¡Qué colores para usted!—grito desesperado.—¿No tiene usted algo crema... algo marfil?
—Marfil, marfil... Sí, un traje de verano, con mucho encaje y moños de cinta nacarada.
—Ese. Y perlas.
Á la segunda sesión, envía una cesta; dentro, el traje. Las perlas las trae ella misma, en su bolsa de brochado. Pasa á vestirse á un cuarto que he habilitado para tocador... de cualquier modo, ¡buen tocador te dé Dios!—Polvos, horquillas, y sobre una mesa de pino, un espejo de siete pesetas... Tarda poco: no es mujer de coquetería; cuando se presenta en el taller, la felicito, y empalidece.