El conjunto me satisface: los tonos marfileños de la piel los suavizan el encaje, y la carlanca, de perlas redondas y menudas; el pelo liso es una nota intensa y dulce; las manos, admirables, de un dibujo perfecto; y al considerarla atentamente, así en conjunto, comprendo el interés de su figura, la expresión apasionada y soñadora de los ojos y los labios. ¿Mentirá esta cara, como miente la mía?—Dentro del género, este retrato puede ser más que los otros; ¿por qué no intentar que resulte algo delicado y serio? Trabajo, pues, con empeño, guiñando los párpados, alejándome, acercándome, reposando y conversando. La voz de la Ayamonte es simpática, afectuosa, algo velada; la emoción la enronquece en seguida; su conversación revela cultura extraordinaria en mujer, hasta sensibilidad artística; advierto que es la suya una organización fina y nerviosa hasta lo sumo.—¿Se parecerá en esto también á mí?

—¿Señora, no ha notado usted que... es ridículo, no se burle... que hay una vaga semejanza entre la expresión de su cara y la mía?

—Quiera Dios, en favor de usted, que sólo en eso nos asemejemos—contesta con calma triste.

—¿Tan mala es usted por dentro?

—Mala... no. Malaventurada.

Pausa.

—¿Malaventurada...?—repito mientras empiezo á indicar muy en esbozo las tintas amarillentas del blando y rico encaje, para entonar mejor después el rostro.

—...ísima—afirma sonriendo un poco.

No me resuelvo á insistir, y la miro, vertiendo mis pupilas en las suyas. Se demuda, se estremece. Visiblemente se ha estremecido.

¿Qué haré? ¿Seré tonto si cuando se levante para mirar el retrato no la paso el brazo por el talle, ó más bien la tontería consiste en meterme en la camisa de once varas del galanteo?