La Ayamonte me avisa que está algo indispuesta y no vendrá en unos días. Acuden otras señoras, sin preocuparse de la calle; no he notado más síntoma de aprensión en ellas sino que al apearse del coche (lo he visto por la ventana) se remangan mucho el traje y pisan con melindre.
Emprendo la cromotipia de la Sarbonet, una regordeta campechana, teñida de caoba; en realidad, lo que quiere retratar es su abrigo, de chinchilla y armiño verdadero. Tantos pellejos dan unas notas bonitas al lado del raso fofo, á ramos, del traje, y saco de esa mujer vulgar un pastel de los mejores, en el cual hay algo de brío. Me siento de buen humor; tomamos confianza. La Sarbonet descubre el retrato empezado de la Ayamonte, y me cuenta mil chismes. La conoce desde pequeña.
—Pretenciosa, espiritada, romántica... La ha educado del modo más estrafalario su tutor...
Aquí, tos afectada.
—¿Tutor?—repito para estirar una lengua que no lo ha menester.
—Tutor, padrino... ¡qué sé yo! El famoso Doctor Luz, D. Mariano; el último figurín de la medicina, el que nos trae las novedades de Alemania. Á mí me quiso curar la jaqueca con masaje... No se ría usted, ¡qué guasón! Si no amasa él; si envía una amasadora muy borrica, que le pega á uno cada cachete... En fin, que el doctor era el amigo de la casa, que asistió á la madre de Clarita en el parto, de resultas del cual murió; que apadrinó á la chica; que, según dicen, ayudó á salvar la fortuna, algo comprometida por las tonterías del Coronel, el... papá, que, por fortuna, también se las lió pronto; y lo cierto es que Clarita tiene una posición excelente.—Sólo que, ¡la educación! Aquella cabeza es una olla de grillos; tantas cosas raras aprendió... Leyó cuanto quiso, estudió extravagancias... pero...
Mohín púdico, que le cae á la Sarbonet como á un galápago una mitra.
—Pero... corrección... y religiosidad... ¡ni pizca! ¡Más shocking!
Cambio de frente, inspirado por la cara que yo debía de poner: