Ni lo miro. Incansable, continúo. Una contracción del estómago, una onda de saliva en la boca, me avisan de que la bestia pide su ración. Trago los huevos fríos (¡están atroces!), y vuelta al cuadro. ¡Es que sale bien de veras! Á las dos, la velada voz de la Ayamonte en la antesala:
—¿Que está enfermo?
—No, señora; un poco indispuesto ná más... Se ha acostao.
Y la voz, enronquecida:
—Si se empeora, avíseme, calle... número... Anochecido, volveré á preguntar.
¡Al diablo! Á mi recolección de patatas. Sin moverme, he pintado desde las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde; y ya no veo, siento vértigo, me duele todo; pero el cuadro está ahí, planteado, completo, faltando únicamente pormenores de ejecución. Me enderezo; las piernas me tiemblan; obscurece ya, y tambaleándome me dirijo á mi alcoba, me acuesto, me arropo con el poncho, y, sin transición, me quedo dormido con sueño profundísimo, de piedra.
¡Las diez de la noche! Duermo ha largo tiempo. Despierto aturdido, en la obscuridad. Doy luz eléctrica, y miro el reloj. Alboroto á la portera.
—Pronto, algo de comer... Al café de más cerca... Chuletas, magras, tortilla...
—Esa señora, la el retrato, dos veces ha venío á preguntar...