Una esquela á la Ayamonte, para fijar sesión. Que la lleven mañana temprano. Devoro la cena con placer de cerdo; me acuesto, lastrado, y otra vez el sueño brutal, abrumador, como un mazazo. Esto ha sido una orgía nerviosa, y claro, al salir de ella, la sedación se impone.


Febrero.—¡Incidente! La Ayamonte acude puntual al otro día, á las dos y media, á pesar de que hace un frío espantoso y cae una ligera nevada.

—¿Cómo ha atravesado usted? Caliéntese esos piececitos... Prolongaremos la sesión, porque hoy no vendrá, de seguro, nadie más que usted. Las demás modelos, con este día, y atravesar á pie la calle de Jardines...

Lo que he dicho es casi una inconveniencia. Lo noto, porque la veo fruncir el ceño; sus pupilas se llenan de sombra. Viene envuelta en pieles: jaquette de nutria, abierta sobre un corpiño de raso negro; boa muy largo, manguito enorme.

—¡Por Dios! No se vista hoy, señora—murmuro para hacer olvidar mi tontería.—Se agriparía usted otra vez. Estudiaremos las manos. ¿Me permite usted que?...

Avanzo y se las coloco; á mi proximidad la veo conmovida, y escucho distintamente, al través del raso, el salto impetuoso del corazón.

—Vamos, ya está... Me quiere...—pienso con marmórea indiferencia.

Y, en alto, la sarta de imbecilidades: