—Descansemos. Hablemos un momento... ¿Verdad que usted me lo permite? Tiene usted una mano divina.—En vez de besarla, me bajo y rozo con la boca la frente descolorida, tersa, el lacio pelo.
Primero, el movimiento instintivo, sin cálculo, de echarse atrás; luego, una sonrisa de resignación, aceptando probablemente la fatalidad de que el sentimiento haya de concretarse en el gesto eterno, monótono, sin diferencia ni respeto á la categoría de las almas. Yo, que por lo mismo que no siento hondo soy apremiante, nada trovador, veo la sonrisa, sé comprenderla, y adopto una actitud en que hay respeto y arrullo: medio sentado, medio inclinado, la rodeo el talle con un brazo, y mi mano busca el calor y la suavidad de la nutria. Acaso el contacto con la densa piel del animal es lo único que me produce grata sensación. Por lo demás, empiezo á encontrar que todo esto es ridículo, y que lo mejor sería estudiar las manos concienzudamente. Mientras discurro así, conservando mi dura lucidez, la rutina me obliga á murmurar al oído de Clara cosas tiernas, los inevitables “¿Verdad que tenía que suceder?”—los “¿Á que no te lo figurabas cuando entraste aquí?” La chubersqui, mal arreglada hoy, calienta poco; y el frío que me engarrota bajo la blusa de dril, es lo que me impulsa á acercar la cara á otra cara fría también como el hielo, y por la cual veo, con asombro, deslizarse despacio, glaciales, perlinas, dos lágrimas.
Con un movimiento de desagrado, compruebo en mi interior la extraña impresión de siempre: el instintivo desprecio hacia la mujer que se me rinde. ¿No hay en esto algo de anormal, no es una inferioridad de mi alma?—¿Ó es que me ha embrujado, al nacer, la celosa Quimera?
La Vizcondesa de Ayamonte, al Doctor D. Mariano Luz Irazo, en Berlín.
Madrid.
Padrino mío querido: ¿á quién sino á ti ha de volver los ojos la pobre Clara, cuando se ve otra vez envuelta, arrebatada por lo que tú llamas mi huracán?
Bien sabes que no tengo á nadie más, padrino. Y mira si es triste repetir esta verdad, al punto en que el huracán sopla y me lleva en volandas. Los condenados por pasión, en el remolino del Infierno de Dante, van siquiera dos á dos, eternamente enlazados; á fe que eso sólo convertirá el infierno en cielo. ¡Ay del que gira y gira suelto, á incalculable distancia de quien debiera ser su compañero hasta más allá de la vida terrestre!
Veo desde aquí la cara preocupada y ceñuda que pones. Ahora te explicas por qué he dejado pasar tres ó cuatro semanas conformándote con postales lacónicas como telegramas. Padrino: aunque te quiero más y de otro modo que á un padre—¡ya lo creo! ¡con qué padre se tiene semejante confianza!,—y á pesar de todas tus doctrinas, experimento siempre confusión, sobre todo en los comienzos, mientras dura la penumbra y la indecisión del amanecer, y me da á un tiempo alegría y pena que te enteres, con encontrarme segura de tu indulgencia admirable de filósofo y de tu cariño infinito, tan probado.