pisas el corazón con pie de hierro.

Y Calice, una tarde (cuando Apolo

su disco de oro y luz sobre las aguas

reclina para hundirse lentamente),

sola avanzó hasta el seno misterioso

del azulado piélago dormido.

Abriéronse las ondas, y tragaron

el cuerpo de la virgen. ¡Oh doncellas

de Licia! ¡Traed rosas! ¡traed rosas!

No lloréis, que Calice ya no sufre.