Se realizaron tus presunciones; á fines del invierno, sentí necesidad urgente, física, de calma y soledad, y nos refugiamos en Toledo, donde pasamos aquel Febrero delicioso, con tiempo espléndido, recorriendo callejas y revolviendo historias. El fondista, al hablar de ti, me decía: “Su papá...” Nos reíamos; saboreábamos el bien de encontrarnos solos, libres del visiteo, del mentireo, de la frivolidad, de la nada. Una tarde, sentados en el admirable Miradero, volviste á la tema antigua. “Revístete de fuerzas, pequeña, porque amaga la crisis... Te acercas á los veinticinco años. Experimentas ansia de reconocerte á ti misma; te vas á reconocer por el sentimiento. Este afán de huir de Adolfina y del mundo es un mal síntoma...” Te contesté chanceando, y nunca supiste que aquella misma noche, al encerrarme en mi habitación, al abrir, como siempre, la ventana, antes de mi aseo nocturno,—vi claro en mi arcano, y sufrí el primer acceso del mal que acabará conmigo...

No revistió el acceso forma penosa; al contrario. Fué una exaltación, una embriaguez dulce y violenta de mi espíritu, que comunicaba á mi cuerpo ligereza y fluidez, desprendiéndolo, por decirlo así, de la tierra. Aquel cielo sombrío que la ventana encuadraba, figurábame yo tener alas para cruzarlo. En estados de ánimo así conciben los hombres las empresas reputadas imposibles, los altísimos hechos, las sublimes locuras.

Pasé la noche desvelada por mi venturosa fiebre, y al otro día tú me viste tan descolorida, que resolviste la vuelta á Madrid, donde te reclamaban tus tareas profesionales. Mira: en Madrid, ¡vé tú á adivinar por qué!, la noche de Toledo, la revelación de mi estado de alma, se me antojó que era devaneo de la imaginación; que no respondía á nada real. La frialdad absoluta con que veía á los galanes de sociedad, me tranquilizaba enteramente. Aún no había yo observado entonces este rasgo característico mío: el extremo del indiferentismo... hacia los indiferentes. Á él debo el respeto con que se me trata, á pesar de murmuraciones. Tal vez los galanes creen que cuando ellos no nos impresionan, es que no somos impresionables.

¡Ay, Dios! Esta carta se alarga hasta lo infinito, y es hora de llevarla al correo... Se continuará, padrino; escríbeme, confórtame. Lo necesito más que nunca.

Clara


El Doctor Mariano Luz Irazo, á la Señora Vizcondesa de Ayamonte, en Madrid.

Berlín.

Niña de mi alma: á pesar de que ando loco de quehacer con los estudios y experiencias objeto de mi viaje, contesto á correo vuelto á tu carta, que he quemado, y en la cual me dejas á obscuras de lo que hoy te sucede. No me sorprende tu proceder: conozco su origen. Es el pudor, una creación artificial y, sin embargo, fuerte como los instintos naturales en el alma femenina. Deseas hablarme de lo único que hoy existe para ti, y te da vergüenza, y lo retardas con esas excursiones por el pasado. ¿Creerás que engañas al padrino? Ya es viejo, pequeña; y además, ¡su terrible profesión le ha dado tantas ocasiones de analizar!

Tú habrás oído por ahí, á los profundos psicólogos y psicólogas de salón, que pierden el pudor las mujeres cuando quieren de veras más de una vez. Si esas mujeres son de tu temple, di que, por el contrario, la susceptibilidad pudorosa se les exagera. Á tu inteligencia no se oculta la razón.