Clara, Clara querida: tu mal consiste, te lo he dicho y te lo repito, en un exceso de elevación moral unido á una sensibilidad demasiado viva. Ojalá—no me llames bruto—fueses una mujer de más bajas y materiales inclinaciones. Lo inferior se encuentra donde quiera. Lo inaccesible es ese ensueño tuyo, esa aspiración ardorosa que trae de la mano el desengaño y la caída del cielo. Cuando te he visto en el suelo, magullada, palpitando, rotas las alas, he lamentado que seas ave y no insecto ni alimaña. Así, sin más retóricas.
Si fueses hombre, á tu edad no padecerías ya tales anhelos, y tendría tu vida direcciones objetivas, algo que la llenase y en que gastases tu actividad y tus fuerzas. Ya ves, á mí me ha sucedido eso. Sentí... como cualquiera; sufrí, no desengaños, pero dolores, y el trabajo y la ciencia me salvaron. Eres mujer: no tienes refugio.
No necesito aplicar á tu alma los rayos con que registramos pulmones, arcas de pechos y cañas de huesos en esta sorprendente clínica. Te he estudiado día por día; te conozco. Y tu viejo padrino, al conocerte, te quiere más, con piedad y ternura más sagrada. Tus males proceden de que eres superior, en la esfera del sentimiento, á las mujeres que te rodean, y que, como Adolfina, no conocen sino los estímulos de la vanidad ó la impulsión orgánica. Tú padeces una idealitis crónica. Este padecimiento no es vulgar; sólo ataca á privilegiadas organizaciones. Yo esperé que, pasada la primera juventud, pactarías con la realidad en una forma ó en otra... ¡En la que te fuese más grata y fácil! Veo que no: y ante el hecho, me inclino—pues para ti, la sola realidad, es ese mundo que llevas dentro.
¿Qué te podrían decir mi experiencia y mi cariño que no te diga el recuerdo de tan rudas decepciones? Y mira, Clara, decepciones han sido; pero no acuses á los que te las causaron: acusa á tu exigencia de grandeza, de heroísmo sentimental,—parecida á la del artista, que en cada modelo fantasease la perfección absoluta de la forma.—Tú eres inteligente; y cuando tu corazón no está interesado, sabes observar los defectos y miserias de la gente con la agudeza propia de tu sexo. Así que interviene la pasión, esta facultad queda abolida. El que encarna tu ideal es un ser aparte: le supones todas las cualidades y excelencias de tu magnánima condición, todas las vibraciones exquisitas de tu alma soñadora; le vistes la cota del paladín, ó le cuelgas alitas, ó le rodeas de aureola, y con la sinceridad más generosa, das por hecho que está bebido el filtro, y que como Tristán é Iseo, cruzaréis la existencia sin atender más que á la virtud del conjuro. ¿Qué ha de suceder, niña eterna? Ellos son hombres, muñecos de barro, de ese barro que cada hora desorganiza—¡si lo sabrá un médico!,—de ese barro concupiscente en que bullen gusaneras de apetitos y mezquindades... ¡Barro! Ni aún. El barro se conserva, la obra del alfarero prehistórico llega á nosotros. El barro humano es limo corrompido. No puede darle consistencia ni el fuego de la pasión más sublime.
¿Qué nuevos martirios se te preparan? Si mi presencia puede servirte de algo, á pesar del compromiso de honor profesional en que estoy metido, á pesar de ciertos ensueños—también los tengo yo,—lo plantaré todo y me largaré. Aciertas: no tienes más que á mí; dispón de mí: me harás dichoso. Y, en todo caso, escríbeme sin ambages. Ya estarás persuadida de que deploro y maldigo tu mal; pero te estimo, justamente por él. Es lo que yo quería inculcarte, anticipadamente, para evitarte inútiles torturas morales, en nuestro viaje por Suiza, y después, y siempre... Estímate, estímate mucho: la estimación propia es el tónico más eficaz que conozco. Adiós, enfermita mía. Te daría su salud, su prosa, y no su edad, tu amantísimo padrino,
Mariano
La Vizcondesa de Ayamonte, al Doctor D. Mariano Luz Irazo, en Berlín.
Madrid.