Cuando volví á la sala, el médico salía de la alcoba.

—Reposa... Debía usted reposar también un rato. Yo velo.

—Nada de eso. Echese usted en el sofá; estoy de guardia.

Me habían servido el café, y aguardaba, frío ya. A mí me gusta más frío que caliente: me retrepé en la butaca y empecé á beberlo á sorbos, con placer nervioso, semiespiritual. Tumbado en el sofá, el doctor, robusto y lastrado de cognac excelente, había cogido el sueño al vuelo, y dormía con la boca abierta, modulando á ratos un comienzo de ronquido. Me serví café otra vez, más engolosinado que la primera. Una excitación lúcida se apoderó de mí: en excitaciones semejantes las ideas son como ágiles saltatrices; hay una labor cerebral de devanadera, un tropel de representaciones; todo parece inminente, inaplazable, cual si urgiese resolver el negocio de nuestro destino sin un punto de dilación. La tristeza de lo frustrado se hizo trágica en mí. A las doce de la mañana de aquel mismo día, me alborozaba aún la perspectiva de la humareda azul del hogar. Y no era la humareda lo que yo echaba de menos—todas las humaredas me son indiferentes—. Era mi deseo, mi sueño de la humareda, mi sueño de vida, lo que añoraba. Nada vale nada; sólo vale algo el deseo que sentimos de poseer ó realizar las cosas.

Abiertos los ojos á la penumbra, pensaba en la que va á desaparecer después de sufrir tal suplicio en su corazón, selva de plantas ponzoñosas. Esa vaga incredulidad que nos asalta ante el no ser, me dominó por un momento. ¿Era posible que Rita, la caprichosa, la vivaz, la que tanto se entusiasmaba y hacía tales extremos en el teatro, la que había padecido los furores de la antigüedad criminal, fuese mañana un poco de materia orgánica en descomposición? ¿Cómo puede suceder algo tan extraordinario en un segundo? ¿Porque se arroja sangre, se cesa de existir? ¿Y qué es esto de dejar de existir? Murió Rita, dirán. Entonces, Rita no es su cuerpo enmagrecido, no es sus cabellos foscos, no es su voz cristalina, no es su cuello de flor medio tronchada. Todo eso ahí estará... y Rita no.—Puse sobre el velador los codos y sobre las palmas derrumbé la cabeza. Mi meditación se convertía en cavilación visionaria. Acaso dormía, acaso deliraba. El alcaloide del café concentrado actuaba sobre mi sistema nervioso, y con malsano goce dejé volar mi fantasía, provista de unas alas membranosas, gris oscuro, de murciélago,—que acababan de brotarle.

V

En árida llanura amarilla, cercada por un anfiteatro de montañuelas calvas y telarañosas, iba atardeciendo muy despacio. Crepúsculo interminable; del cielo cárdeno parecía descender lluvia de ceniza sutil; y el sol, que detrás de los cerros se ponía, era un globo sin calor, medio apagado, enorme, una pupila de cíclope agonizante.

Tan doliente paisaje ofrecía los tonos secos mitigados y polvorientos de los antiguos tapices, y las figuras que sobre el paisaje comenzaron á desfilar en caricaturesca procesión, de tapiz eran también: de tapiz, ó de orla de códice cuatrocentista. El cuadro era del número de los espantos que el arte ha querido agregar á los espantos de la naturaleza.

La primer figura que desfiló era la del anciano casi divino: un varón de consumida faz; sobre su becoquín de terciopelo guinda, la tiara de oro escalona tres pisos coronados. El esqueleto, roto y desharrapado por el vientre, que le guía, lleva á cuestas, sobre sus huesos mondos, un féretro. El viejo augusto alza la mano para bendecir y excomulgar... El esqueleto le agarra de un brazo, y, tropezando en sus luengas vestiduras pontificales, se deja llevar el Papa al baile siniestro. ¡Danzad, Padre Santo!

Al Emperador no ha sido necesario asirle. Es sin duda Carlomagno, el héroe, y desdeña el temor. Marcha recto y majestuoso, arrastrando sus púrpuras y sus armiños, y en la potente diestra, como relámpago de acero, reluce el espadón de justicia, mientras en la izquierda descansa una esfera de zafir, que es el mundo. El confianzudo esqueleto no respeta los atributos del supremo poder; con gesto persuasivo enseña al excelso la inevitable ruta. ¡Danzad, seor Imperante!