—Porque no lo consentirá Dios nuestro Señor... No puede consentirlo... Oiga, don Gaspar... Prométame... Si vive, que entre en un Seminario... en esos colegios para estudiar la carrera de cura... ¡Y mejor, en un convento de frailes..!
—Así se hará, mujer... Descansa... Tu hijo es mi hijo...
Agarró mi mano y pugnó por apretarla fraternalmente, según costumbre; pero estaba tan débil, que no acertó. Yo halagué sus sienes y su melena alborotada, lacia á trechos de sudor, crespa y como erizada á trechos también—extraña melena que parecía apuntada á brochazos por artista genial—y ordené con despotismo, sugestionándola:
—Ahora, cucharadita de poción, y á dormir.
Absorbida la poción calmante, arreglado el emboce de las sábanas, subido el colchón á empujones, recogí la luz y la puse sobre la cómoda de la sala, detrás de un jarroncillo con flores artificiales. El doctor secreteaba opacamente con el confesor. Este se volvió y me previno.
—Avisaré en la parroquia para que mañana venga el Viático.
Aprobé y le acompañé hasta la puerta.
—El coche que nos trajo aguarda... Está pagado... Mil gracias, amigo don Andrés... A propósito. Tengo para usted un ejemplar raro de la Aminta, con grabados en madera... Se lo enviaré en cuanto esta infeliz...
—¡Se acepta con reconocimiento!; pero supongo que no será por recompensarme de molestia alguna, porque, al contrario, mi obligación es la que acabo de cumplir... Por penosa que sea...
Y temblaba aún, ligeramente, arropándose en el manteo, susurrando—¡brrru!