La mano del sacerdote, bendiciendo, se interpuso ante la luz de la alcoba. ¡Rita estaba perdonada..! La pobre alma, transida de espanto, sudando hielo y castañeteando los dientes, se calmaba, se envigorizaba, y, agarrada á un cabito de seda blanca, iba á atravesar valerosa el puente del abismo...

En efecto: cuando el viejo salió del dormitorio, tembloroso, desemblantado,—horripilado de lo poco que se parece la realidad á los libros viejos, y de cómo las viejas fábulas mitológicas no están sólo en las bellas ediciones con viñetas, sino que se codean con nosotros en las calles—, y me precipité á ver en qué estado se encontraba la enferma, la faz verdiblanca sonreía con expresión de beatitud. Las pupilas de asfalto se fijaron en mí, invitándome á compartir aquella dicha.

—¿Qué tal? ¿Mejoría, eh? Doctor: acérquese...

—Sí, mejoría—repitió sin convicción él...—. La respiración no es tan...—Se interrumpió; yo adiviné el término exacto que suprimía, «tan estertorosa». ¡El estertor...!

—Don Gaspar—murmuró Rita; y comprendí su ruego, y me incliné.

En mi oído, deslizó:

—¿No abandonará al niño..?

—Palabra. No temas—dije, con tuteo fraternal.

—Poco trabajo le dará... Ese niño no puede vivir...

—No digas locuras... ¿Por qué?