Soltó el viejo una risita inocente.

—¡Jesús! ¡Dios nos dé vida, hasta que se le antoje, el más tiempo posible!.. Yo no estoy á mal con la vida. Si tuviese sitio donde colocar tanto librote como se me junta, me consideraría feliz. En otro tiempo, con mis aficiones, estaría yo en grande en un convento, de esos de biblioteca regia y muchas horas para disfrutar, revolviendo los estantes. Hogaño no; en los conventos no hay libertad, no hay frailes privilegiados, á quienes se les deje con su manía del estudio, y las bibliotecas que algo valían, ¡dónde irán ellas! Ayer mismo, en casa de Celso el anticuario, ¿qué dirá usted que encontré? Un libro de profesiones de Santo Domingo el Real: todo lleno de acuarelas y empresas y alegorías de los profesos...

Antes de que pudiese pegar la hebra de su tema favorito, estábamos en casa de la enferma. Me adelanté para anunciar:

—¡Rita, criatura, aquí le traigo á un sacerdote amigo mío; ya ve que los caprichos se le cumplen! ¿Quiere usted que entre? Si no quiere... esperará.

La cara, cuya palidez parecía enverdecer un reflejo fosfórico, se removió un poco entre las tinieblas encrespadas de la cabellera suelta, y los labios marchitos, sin color, susurraron:

—Que pase, que pase... ¡Jesús... mío, misericordia!—impetró la moribunda, con ardiente ruego.

Entró el anciano, vacilante y torpe, á fuer de erudito miope que se ha dejado en casa los espejuelos. Tuve que guiarle, que indicarle una silla, al lado de la revuelta cama. En el aire flotaban olores farmacéuticos. Así que le vi instalado, me retiré. La sala estaba contigua al dormitorio. El médico, ante el velador, terminaba su café y su copa.

—No se moleste, siga... Marichu, café para mí también... Muy cargado...

Mientras esperaba la infusión que había de despabilarme para la vela, me senté en el sillón de raído forro. Colocado de espaldas á la puerta de la alcoba, y bastante próximo á ella, el cuchicheo que partía de allí me llegaba en truncados sonidos, como si el diálogo estuviese en verso y los que dialogaban se interrumpiesen y luego acentuasen con trágico énfasis un trozo, un arranque más sentido de la poesía. Acechador involuntario y cobarde, no entendía yo bien las frases, pero alguna palabra era para mí cual son en los antiguos gráficos de ignorado idioma esas letras repetidas y ya descifradas, que permiten interpretar, por relación de lo conocido, lo que se desconoce. A veces, no oía distintamente un vocablo; lo que me guiaba en mi malvado espionaje de un alma, era el acento con que pronunciaban lo que no oía. La voz del sacerdote, sobre todo, me daba luz, siniestra luz. Tenía el timbre sordo y ahogado de un grito que se sofoca por terror. Y la penitente, enfervorizada, hablaba con singular energía, con no interrumpido bisbiseo vehemente, como si vaciase el absceso purulento de tanta iniquidad, apretando duro para expulsar todo lo nefando. Me sería imposible decir si entendí nada concreto de la terrible conversación; y, sin embargo... entre modulaciones de voz, interrupciones, preguntas, gemidos, fraseo desgranado—, yo repetía para mí—... «Era eso, era eso...» ¡Sublime horror pagano, tremenda carga en la conciencia católica..!

Sin embargo, la nube de espanto se despejó; se apaciguó el murmullo, convertido en una especie de himno ó plegaria de reconocimiento.