—Mandaré á la chica que le haga á usted una taza de café, doctor... Y que le saquen una botellita de cognac. Hay de todo aquí; yo confiaba en el alcohol y en la cafeína para sostener este organismo. Usted queda en su casa; voy por ahí en demanda de un sacerdote. Desea confesarse... ¿Ve usted peligro? ¿Inconveniente?
—No. Si lo ha pedido ella misma, la servirá de consuelo. No es uno creyente fervoroso, pero hay que respetar mucho estas exigencias...
Salí, tomé un coche y di las señas: las de un anciano ex párroco, bondadoso y sin tacha, hombre aficionadísimo á libros, y que por satisfacer sus manías de erudición y bibliografía ha renunciado un curato pingüe. Encontré al inofensivo viejo en un cuartucho donde hay pilas de infolios por el suelo y polvo de tres años, y le expuse el caso apremiante. El me conoce de tertulias de librería y de coincidencia en casas de gente estudiosa, pues yo gusto, temo que con exceso, de estas vanidades. Plegó las arrugas de su cara avellanada y titubeó antes de soltar la pregunta:
—¿Es... parienta de usted esa... señora?
—No. Es amiga. Nada, nada más que amiga: palabra de honor.
Descolgó su manteo en mal uso, se arropó rezongando «corre fresquete» y rodamos hacia la vivienda de Rita. Por el camino enteré de algo al sacerdote...
—Es un alma sin rumbo, sin norte y sin hiel; seguramente ha vivido á la inversa de lo que viviría, si poseyese fuerza de voluntad. Se acusa de maldad tremenda; asegura que para ella no hay perdón.
—Oveja descarriada...—asintió él.—¡Pobrecilla! Más suele ser el yerro que la malicia en esta clase de pecados. Y que no es maligna, se ve en el solo hecho de llamarme. Este rato que ahora tiene que pasar es el que decide la suerte de las personas... Una buena muerte; y lo demás no supone nada. El pensamiento del soneto está íntegro en el último verso.
Se me escapó una frase confidencial:
—Todas las muertes son buenas, porque todas son la conclusión de la vida.