Quiero gritar, y la voz se me apaga. Acaba de salir á danzar una pareja nueva,... ¡Rita! ¡Rita! ¡y de la mano de su niño; de la mano de Rafaelín!
Para bailar con su nene se ve obligada á bajarse. Sus cabellos de tinieblas, flotando, hacen resaltar la blancura sepulcral de su cara exangüe y delicadísima. El niño, tan rosado, ahora tiene carrillos de azucena... Y los dos, arrastrados por el torbellino, fascinados por la mueca sardónica de la Guadañadora, brincan, se contorsionan epilépticos, y corren desbocados hacia la sima central.
Movido de horrible curiosidad, me acerco á la boca del pozo del abismo. Allá en el fondo,—si hay fondo;—á profundidad incalculable, creo distinguir otro resplandor semejante al del sol enfermo y exánime que alumbra la llanura gris... Es algo confusamente rojizo, que se inflama y se extingue; es el ojo de carbunclo de un dragón que parpadea... ¡Fuego..! ¡Fuego..! ¡Hay fuego en la sima!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
La voz de Marichu, ronca de susto:
—¡Señorito! ¡Señorito! ¡Venga! ¡La señorita se muere!
Y el médico y yo, despertados á un tiempo, él del feliz sueño de la buena digestión, yo del devaneo de mi fantasía volando con alas de murciélago,—nos precipitamos hacia la alcoba.
VI
El doctor me llevó á un rincón, secreteando.
—Esto se acaba. La fatiga y el ansia que siente es que va á repetirle la hemorragia. Y en ella, no respondo de que...