En vez de alarmarme, aprobé tranquilo. Era lo que tenía que suceder; ¡si lo sabría yo! Como que acababa de verlo... Acababa de asistir anticipadamente al momento que iba á transcurrir ahora: los pasos de la Seca tal vez resonaban en la calle, en la escalera tal vez. De todos modos, no tardaría en presentarse. Eran inútiles llaves y cerrojos para oponerse á su paso; y el doctor, con sus recetas y sus pociones, estaba soberanamente en ridículo,—fuerza es reconocerlo.

—¡Rita, niña!—silabeé á su oído, cubriéndola de caricias, que ella ni advirtió.

—Alcela usted por la espalda... A ver si se atenúa la fatiga...

La incorporamos. Me miró como suplicándome que la aliviase.

—¿Qué sientes?

—Lo... de... antes... Sabor á hierro..., aquí... aquí...

Señaló hacia la laringe... Y al hacerlo, la ola avanzó, las venas del mísero cuerpo se vaciaron, entre las angustias y los afanes postrimeros. La cabeza recayó en las almohadas. Sequé, limpié los labios manchados, enjugué la frente cubierta de glacial sudor. Ella entreabrió los ojos, y en voz de soplo, espaciando, murmuró:

—Me voy... Acordarse... El niño...

Un sutil estremecimiento la recorrió toda. Se inclinó su faz un poco hacia el pecho. Los ojos quedaron abiertos, cuajados, fríos; los labios, remangados, descubrieron los dientes. La nariz se afiló de súbito. La sonrisa, vaga, era de paz, de serenidad infinita; no protestaba, ni se quejaba, ni temía el más allá; en los labios flotaba la certeza del perdón. Y la contemplé, y las visiones de mi calentura se apoderaron de mí otra vez: veía la Danza, el esqueleto-guía... Por las ventanas de la sala penetraba la claridad polar de un amanecer de invierno matritense.

—Volveré dentro de un par de horas, Marichu. No la abandones.